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al mismo tiempo que les brinda un contexto armonioso
y lúdico para su desarrollo interno.
Agustín
está tan entusiasmado que ya va por el tercer
curso en el año. ¿Por qué tanto
interés? Me gusta porque me puedo relajar
y porque es interesante, dice. ¿Y qué
es lo interesante? Jugás, haces amigos
nuevos y aprendés muchas cosas, técnicas
de relajación, y también porque podés
hacer eso cuando no podés dormir bien y te
hace dormir perfecto, dice.
Además
de los cinco días que participó del
curso, se llevó a casa una rutina de ejercicios.
Hago saludos al sol, respiración de la
alegría, todo. Lo hago solo, no se puede hacer
con nadie porque si no se llevan toda la energía.
Imaginate que lo hago con el perro y el perro salga
bailando... A mí me llena de energía,
dice, con su lógica. Luego resume lo que hicieron
cada día: Primer día: charlamos,
nos conocemos todos con nuestros nombres e hicimos
juegos. Segundo día, empezamos a hacer saludos
al sol y a jugar y seguimos jugando. Al tercer día:
pintamos los cuadernos y después hicimos respiraciones.
El jueves no estuve porque fui a fútbol. Hoy
vamos a cerrar el curso y vamos a hacer juegos que
se comparten con los padres y vamos a terminar de
hacer amigos. Hay que hacer 14 amigos para tener más.
Así estaba en la fotocopia.
El
curso se llama Art Excel (arte para la excelencia)
y se presenta como un programa de liderazgo y valores
humanos basado en el yoga. Está destinado a
chicos de 8 a 13 años y dura cinco días
durante tres horas. Lo dicta la Fundación Arte
de Vivir, una organización internacional que
funciona en Argentina desde hace 12 años aunque
los cursos para chicos comenzaron recién en
2007.
Melina
Tirado tiene 25 años y hace dos que es instructora
y se dedica a esto todo el tiempo, aunque terminó
el conservatorio de música y estudia musicoterapia.
Hizo el curso a los 19 años y los cambios que
notó en ella la llevaron a ayudar a transmitirlo
a otra gente. Cuando estudiaba música, cuenta,
dormía tres horas por día, se mantenía
despierta a café y aspirinas porque no resistía
el ritmo, meditando empezó a concentrarse más,
a estar más tranquila y a dormir mejor.
El
relato de quienes lo probaron habla de un antes y
un después en que sintieron que su vida cambiaba.
Mariana Chami, también instructora, sufre artrosis
reumatoidea desde chica, pero con la sudarsaan kriya,
que es la técnica principal de respiración,
lo vive mejor. Cuando la hacés, no podés
dejar de sonreír. Si hubiera tenido esta técnica
de chica, mi vida habría sido diferente,
asegura.
En
la tarde cuatro de uno de los cursos reciben a esta
cronista en la sede de Colegiales. Hay que sacarse
los zapatos y dejarlos en un cuarto donde se apilan
y amontonan 40 pares de zapatillas infantiles. El
salón del curso es amplio, con grandes ventanales.
Al frente, hay un poster de un hombre de barba y pelo
largo. Es Sri Sri Ravi Shankar, un hindú de
53 años que fundó y lidera la organización.
En el centro, un cuadro en el que se ve una especie
de mandala, un círculo con ocho manos encontradas.
A la izquierda, algunos apuntes de trabajo. Pasado:
tristeza, miedo. Presente: alegría, risa, felicidad.
Futuro: ansiedad, nervios, preocupación,
se lee en un cuadro. La idea es estar bien sin
las preocupaciones del futuro y la mochila del pasado,
dirá minutos más tarde Alejandro Londinsky,
el papá de Agustín, que también
hizo el curso.
¿A
qué se parece esta postura? pregunta
una profesora vestida de blanco, al frente del grupo
de 40 nenes y nenas inquietos y bulliciosos aunque
estén tomando una clase de yoga.
A
la del saludo al sol grita una nena.
Muy
bien dice la profesora y empieza a moverse.
Miro al cielo, montaña, rodilla al pecho, mentón,
cobra. Namaste. Inhalo y hago la montaña, exhalo
arriba y atrás. Namaste dice ella seguida
del coro de niños que no se privan de reírse
cuando se caen perdiendo el equilibrio o de comentar
entre ellos lo difícil que es hacer un ejercicio.
Ahora,
levanto brazos. Imaginen que son una montaña,
la punta de sus dedos son la montaña. Exhalo
y bajo.
Aprenden
técnicas de respiración y relajación
para manejar sus emociones; yoga, meditaciones, actividades
artísticas, todo a través del juego.
Además los conectamos con los valores de la
amistad, solidaridad, el amor, que ya lo tienen dentro
pero acá se les despierta, explica Chami.
¿Por qué los chicos hacen el curso?
Hay madres o padres que lo hicieron y quieren
que sus hijos lo hagan y a otros que realmente vienen
desesperados porque no saben a dónde recurrir,
son chicos medicados, ansiosos, muy inquietos, con
problemas de disciplina, dice Chami ya fuera
de la clase. Dice además que suelen superar
problemas de sueño, dejar de hacerse pis en
la cama o mejorar sus vínculos con los padres.
Mi hijo también aprendió a ayudar,
por ejemplo, a levantar la mesa después de
comer, motu proprio, o a generar distintas actividades
de ayuda sin esperar nada a cambio, dice Londinsky,
que se levanta todos los días a las 6.30 para
hacer sus 20 minutos de técnicas de relajación
para luego seguir durmiendo. Con esto aprendí
a manejar el enojo y a entender que la paz que tenga
conmigo mismo no me la pueden modificar las cosas
malas que suceden día a día, agrega.
Shhh,
shhh. Silencio, los chicos están meditando
hace callar una instructora, mientras cierra
la puerta detrás del salón.
ø
Fuente: PÁGINA 12
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