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El
grupo (que completan Fernando Amarilla y Andrés
Olguín) llevará al escenario seis espectáculos,
dos de viejos tiempos y cuatro nuevos. Y están
convencidos de que la atracción que siente
la platea por los títeres tiene que estar respaldada
por la fascinación del propio titiritero con
lo que hace. Fontana sostiene que tratan de lograr
la atención del chico con el argumento;
trabajamos muy poco preguntando ¿dónde
esta Fulanito?. Los chicos participan, pero
de la historia que contamos. Nosotros, atrás
del retablo, somos como ciegos: se nos agudiza el
oído, y para mí el fracaso es cuando
hay cincuenta chicos hablando. Ahí algo pasó.
Y Hernández cree que atrae el títere
en sí, pero también cómo se lo
hace actuar. Si el actor titiritero está enganchado
con la platea y logra pasar el retablo y está
con el chico, se va a enganchar. Es un poco como el
actor: tenemos que lograr conquistar al chico.
Esta
prolongación en el tiempo les permite realizar
comparaciones entre un público de antes
y los pibes de ahora: Los chicos
están muy acelerados, tal vez por vivir colgados
de las imágenes, que se suceden. Entonces no
están dispuestos a estar viendo lo mismo mucho
tiempo; necesitan un espectáculo tipo zapping.
No-sotros tratamos de que la narración lo vaya
llevando, pero no pueden estar mucho tiempo con algo.
Y lee rápido la imagen, reflexiona Hernández.
Por su parte, Fontana señala que a mí
me gusta la imagen, me gusta la acción. Me
enseña mucho el cine, y por las características
de nuestro público trabajamos con poco texto
y mucha acción. Si ves a Charles Chaplin, es
un gag atrás de otro. Es impresionante. Es
un humor físico y en los títeres va
bárbaro, afirma.
¿Qué
contarles a los chicos sin dejar de considerar que
son niños? Hernández y Fontana hallaron
una manera: hablan de diferencias sociales con mascotas,
identidad a través de burros, etapas de la
vida con pajaritos y, con piratas, de codicia y ambiciones.
Tocamos temas complicados admite Hernández,
que no son tan del mundo infantil, que debidamente
tratados el chico puede entender perfectamente. Pero
hay temas como la muerte, a los que yo personalmente
tampoco me atrevo. Tampoco sé si quiero ofrecerles
a los chicos algo muy denso y pesado, que tienen ganas
de reírse y estar con los títeres. Depende
para quién y dónde, concluye.
Ambos
coinciden en que es fundamental que los chicos vayan
al teatro, más que como entretenimiento que
lo es, como parte del proceso de formación
como persona. Fontana es concluyente: Lo que
hacemos desde el teatro infantil es formar espectadores,
y Hernández amplía desde su experiencia
como docente: Me interesa la educación
a través del arte. Cómo el arte te desarrolla
la mente. No solamente consumiendo, sino que siendo
el protagonista, manejando medios y lenguajes artísticos,
al chico se le abren mundos que otras disciplinas
no abren. Incluso el desarrollo de la imaginación,
dice, y se ilusiona: En el arte es todo posible.
En el mundo real dos más dos es cuatro, y si
le pongo cinco soné. Pero en el arte dos más
dos puede ser cinco. Es esa libertad de mente que
genera el arte. No subestimamos la educación
tradicional, pero me parece que al chico le da muchas
más posibilidades de expresión y de
logros, porque un chico al que le va mal en Matemáticas
puede funcionar genialmente como actor. Suma posibilidades,
apuesta.
Esa
importancia que le asignan al teatro infantil puede
estar dada por la marca que dejó en ellos,
indeleble en su historia. Fontana se recuerda de
muy chico haciendo títeres con los mates, haciendo
teatro de títeres sin saber cómo llegué
a eso. Siempre tuve una tendencia a dedicarme al espectáculo.
Y de esa cosa que no sabemos bien cómo sale,
empezamos a hacer cosas, porque cuando empezamos en
títeres estaba todo por hacer. Y cuenta
que cuando nosotros arrancamos estaban Los Muppets
en televisión, y creo que todavía no
se superó esa estética. Y con nosotros,
en donde presentamos nuestra primera obra (El Teatro
del Centro) estaba Ariel Buffano antes de entrar al
Teatro San Martín. El recuerdo de Hernández,
por su parte, tiene edad: Yo había sido
fascinada a los nueve años por un espectáculo
de títeres, y ahí entré a investigarlos.
Me encanta el lenguaje del títere. Era muy
chica, pero pesqué algunas cosas del lenguaje
titiritero: el encuentro de lo real con lo fantasioso:
un borracho con una botella real... algo muy propio
del mundo titiritero, sonríe.
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Fuente: PAGINA12
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