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Es por eso que no está de más empaparse
en textos serios sobre el tema, desde el surgimiento
de la institución escolar como modo de tratamiento
de lo infantil - los objetivos que impulsaron su creación,
hasta las versiones que diferentes disciplinas plantean
de la escuela y de sus emergentes, críticas
sumamente interesantes sobre los lugares de docente,
maestro, de alumno, etc. Se
encuentra un niño, en su inicio escolar, con
una versión -sesgada, no está de más
decirlo-, del mundo en el que es esperable que se
inserte al llegar a determinada edad.
Como
mencionamos en notas anteriores, en el colegio - este
mundo "artificial" - el niño se encuentra
con una distribución ordenada del tiempo: un
horario de entrada, uno de salida, el recreo como
momento de esparcimiento, la hora de clase, donde
deberá incorporar conocimientos que le serán
requeridos en una evaluación que lo ubicará
en relación a lo que se espera de un niño
de su edad; se encuentra también con lugares
delimitados - de autoridad, de iguales
-, con
castigos determinados por un estatuto, con obligaciones,
entre otras muchas cosas. Con estos pocos datos, ya
podemos plantear que, desde lo particular que implica
cada familia, y cada lugar dentro de esta familia,
un niño deberá pasar a ocupar, por un
momento determinado del día, y por un largo
período de su vida, otro lugar, pero universal,
el de alumno. Es decir de un lugar de heterogeneidad
a otro de homogeneidad. De más está
decir que esto genera complicaciones, tanto para los
niños, como para los adultos encargados de
esta tarea.
Cuando
un niño no alcanza a cumplir con los objetivos
que se espera que alguien de su edad alcance, suele
denominarse "problema de aprendizaje", pero
esto sólo es la punta del iceberg de un problema
que reclama la apertura a un serio debate sobre el
tema: ¿desde dónde decimos que un niño
no está a la altura de lo que se espera de
él? ¿Está la institución
escolar a la altura de su época? ¿La
formación de un maestro le permite afrontar
la realidad con la que se topa?
Es
claro que los principales damnificados son tanto los
niños como los maestros, que las más
de las veces deben recurrir a estrategias que exceden
su lugar y su función. Claramente hay un vacío
en este campo que requiere el planteamiento de la
cuestión desde lugares objetivos.
Tanto el docente, como toda autoridad escolar, pueden
trabajar a partir de las marcas inscriptas en cada
uno de esos niños por sus familias. Pero es
muy común encontrarnos con que estas marcas
no existen, o son tan precarias que no permiten sino
pasar de estrategia en estrategia, sin obtener resultado,
en lo que se denomina "problemas de conducta".
Se le impone a un niño ocupar el lugar de lo
que el mundo adulto considera un alumno, y se espera
que más allá de ocupar este lugar, conserve
a su vez ese algo que lo vuelve único, fundamental
en tanto diferente de los demás. En esta línea,
habría que tener muy en cuenta, a esos niños
que cumplen estrictamente, que no suelen llamar la
atención, por lo general, excelentes
alumnos. El costo a pagar, para estos niños
suele ser muy alto.
En una línea que no pronostica más que
el aplastamiento del tema, aparecen etiquetas como
ADD, déficit de la atención, etc., que,
situando el problema exclusivamente como un déficit
del niño, medica lo particular para que se
ajuste a lo universal.
¿Cómo
interesar a un niño en determinados temas,
cómo captar su atención? ¿Desde
qué lugar? ¿Desde un lugar de transmisión
de un saber ya masticado, establecido? ¿Es
posible apreciar las capacidades de un niño
a partir de la "evaluación", "prueba",
etc.? ¿Es hoy la escuela un mediador de la
realidad extramuros?
Es destacable la tarea que muchos colegios realizan
en función de problemáticas que los
cuestionan: embarazos de adolescentes, adicciones,
armas, violencia
llevan a cabo, las más
de las veces, estrategias determinadas para cada problema,
teniendo en cuenta la región en la que se encuentran,
los medios con los que cuentan, los actores involucrados,
opiniones y posiciones de estos y de investigadores
del tema, pero por inventiva propia, con muy poco,
o nada de apoyo. Con una línea de debate sobre
si amonestar o no hacerlo - a esta altura de los acontecimientos,
como remar con un tenedor
-, tomando modelos
educativos que no necesariamente se adaptan a cada
zona o región.
Por
otra parte, se podría, asimismo, extender el
planteo y formular la siguiente pregunta. Luego de
tantos años de desaciertos en políticas
de educación, tanto por acción como
por omisión, ¿es posible pensar que
nadie se beneficie con estos, muchas veces groseros,
desatinos? ¿Podemos ser tan ingenuos y no preguntarnos
por la intencionalidad de sostener un sistema
educativo que, en su mayoría, por supuesto
que no todos, no tenga como meta formar sujetos que
se pregunten, que cuestionen
que piensen?
AUTORES:
VERÓNICA LEDER, MARTÍN BAAMONDE - LIC.
EN PSICOLOGÍA (U.B.A.)
http://psiuba.blogspot.com/
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