JULIO 2008
El divorcio [de los padres] y las nuevas familias de nuestra época
Verónica Leder y Martín Baamonde -licenciados en psicología- reflexionan sobre las actitudes de los padres separados hacia sus hijos y la necesidad de no confundir 'divorcio de los padres' con 'divorcio de los hijos', siendo que esto último no es posible.
 
 

Tratemos de ordenar nuestra nota delimitando un par de cuestiones. En principio, intentemos dar cuenta del por qué de los corchetes de nuestro título, es decir, ¿por qué sería necesario aclarar que se trata del divorcio de los padres?, ¿no es obvio?, ¿de quién más uno podría divorciarse? Dada la problemática cotidiana que se escucha en el consultorio, nos resulta necesario aclarar, sin correr el riesgo de caer en una redundancia, en una obviedad sin sentido, que cuando se habla de "divorcio", se trata del divorcio de los padres, de la separación de uno con respecto del otro.

Entre el divorcio de los padres y las nuevas familias de nuestra época, en ese tácito "entre" que aparece en el título bajo la forma de una "y", allí mismo, si lo entendemos como un agujero, como una hiancia, como un espacio, allí mismo pueden caer los hijos.

 

Desde un divorcio hacia un nuevo armado familiar, hay un camino por recorrer, camino que muchas veces - más de las que uno creería posible - se trunca en su armado o directamente nunca se tuvo la intención de armar y, por lo tanto, este pasaje no se produce más que como un salto abrupto y devastador para aquellos que se resbalan por su hendidura.

Cuando nos referimos a "nuevas familias" no necesariamente se trata de las "nuevas parejas" de aquellos divorciados, sino que aludimos al reordenamiento de lugares a partir de una separación. Gran parte del problema que planteamos radica en esta grave confusión. Un padre no se divorcia de un hijo. Esto no es posible. Se divorcia de su esposa o de su esposo, pero no de su hijo. Ni desde lo legal ni desde lo simbólico es esto posible. Si esto ocurre, no se tratará de un "divorcio" sino de una "irresponsabilidad" por parte de quien lo encarne. Para entenderlo, usemos la misma lógica que armó el origen de ese matrimonio. Un hombre elige a una mujer entre otras mujeres, y viceversa. "Elegir" a una mujer es diferente al acto que implica la decisión de convertirse en padre, que, incluso si uno quiere hilar aun un poco más fino, diría también que no es lo mismo "tener" un hijo que devenir, que asumirse, como padre; pero volvamos a la línea anteriormente planteada.
Muchas veces, los padres, genéricamente hablando, confunden a la mujer o al hombre de quien se divorciaron, y a quien en algún momento anterior eligieron, con los hijos del matrimonio. Es decir, les hacen pagar a ellos, a esos niños, por los infortunios y las frustraciones del matrimonio que no funcionó. Este es el punto de gravedad del asunto. Las más de las veces, estos niños quedan boyando a la deriva, perdidos en esa fisura, en ese agujero, esa grieta, que armaron sus padres, más allá de ellos.

Por supuesto que en un principio el caos ocurre, casi inevitablemente. El desconcierto y lo sorpresivo se presentan impactando a todos los actores de la escena. Ahora bien, no sólo que esto tiene un tiempo, y es necesario que sea éste acotado, sino que los "actores" de dicha escena no son todos iguales, ni su responsabilidad es simétrica y mucho menos compartida con lo "actores menores". A la hora de reordenar la escena, de darle un nuevo cauce que le permita continuar, es decir, conmoverse y menearse, pero sin quebrarse, son los padres los absolutos responsables y nadie más.
Muchas veces los papás logran armar una diacronía, un pasaje hacia una nueva modalidad familiar, que por supuesto, no será sin marcas, sin cicatrices de lo anterior, pero que viabilizarán la separación sin dejar de cumplir con las funciones paternas que les corresponden. Sostener sus lugares, discursivamente, es decir en palabras y hechos, posibilitará que el hijo pueda distinguir al matrimonio de sus padres y su ruptura de sus padres, propiamente dichos.
Y aquí está la clave. Un niño puede "entender" no sin dolor, pero puede hacerlo, es decir, puede entender que sus papás ya no se quieran, que decidan no estar más juntos como pareja. Un niño podrá elaborar la pérdida de lo que implica para él la ruptura del amor, de la pareja que armaron sus papás.
Pero comprendamos que las consecuencias son absolutamente diferentes si a esto se le suma el encomendarlo a que elabore un exceso. Es decir, ponerlo en la terrible posición de tener que entender que en la caída de ese matrimonio, cayeron también las funciones que, como padres, asumían esos dos sujetos que se separan.

Por supuesto que no estamos haciendo referencia solamente a que un padre o una madre "se borre" literalmente. Pueden estar, es decir, pueden tener presencia física, y así todo no cumplir con la función, no operar.
Es muy común encontrarnos con las consultas sobre estos niños, quienes empiezan a hacer diversos síntomas alrededor de estas cuestiones. Entendamos que es "normal", si hay algo que lo sea, que un niño arme un síntoma ante la separación de sus padres. Pero existen graduaciones, y muchas veces - cuando hay un padre que escucha, que está conectado con ese hijo, que pone una palabra donde se necesita y vela lo que hay que velar - rectifica su posición y el síntoma desaparece.
Otras veces, los papás no saben cómo hacer con este tema y responsablemente si se analizan, piden más análisis o, si nunca lo hicieron, consultan.
Pero lamentablemente cada vez más niños llegan a la consulta con presentaciones y síntomas muy graves, con derivaciones escolares o pediátricas. Niños que claramente quedan tomados en esta conflictiva, que en reiteradas ocasiones se convierten en un claro objeto de disputa de estos padres, en trofeos de custodia, en algo para molestar al otro, "yo le pego al turro de mi ex marido ahí donde le duele", decía la madre de un paciente de ocho años, refiriéndose al hijo y su custodia.
Tengan en cuenta, ya lo hemos repetidos a lo largo de las diferentes notas, que cuando tenemos un "objeto" y no un "sujeto" como hijo, podemos hacer cualquier cosa con él, cualquier aberración es posible.

Las "nuevas familias de nuestra época" son posibles y valiosas siempre y cuando se tenga en cuenta a cada miembro que las conforma y a su historia singular. Y como ya dijimos, no implican, es decir, no son consecuentes, a "nuevas parejas" de los padres. Esto es posible y válido, es decir, los padres pueden rearmar sus vidas amorosas, enamorarse, ponerse de novios, juntarse, casarse nuevamente, y es esperable y oportuno que esto ocurra; pero, y este es el punto central del artículo que aquí presentamos, la estructura sobre la cual se arma, se apoya, ese nuevo tomo de la historia de esos sujetos que encarnan, además, funciones parentales, tiene que estar planteada de antemano, justamente para que sea posible sostener esas funciones aunque ya no convivan o convivan con alguien más.
Cuando decimos "planteadas de antemano" no nos referimos al pensamiento y al cálculo, sino a que siga habiendo un lugar para ese hijo en el nuevo armado. Es esto lo que le permitirá, aquello que le hará posible elaborar ese pasaje desde lo anterior a lo novedoso, sin dejarlo caer en el vacío de la indeterminación, en ese entre excluyente.

Para un sujeto, el divorcio de sus padres nunca es sin consecuencias, sin algo de padecer. Ahora bien, como hemos visto, no es lo mismo el modo bajo el cual se transita y tramite este momento. Poder armar una "nueva familia" implica no dejar de contar con los actores que armaron la anterior. No es desde "cero", es "a partir de". Es con las marcas de lo anterior, con su uso y no con su negación, que lo nuevo tendrá alguna consecuencia que lo sustente, que lo haga posible.
Ambos padres, por más que haya otros sujetos, novedosos actores en el nuevo escenario, no dejan de ser las personas más importantes en la vida de un niño. No importa que ya no se quieran, que no se deseen, que no se soporten.
Es necesariamente lógico entender que para ese hijo, seguirán funcionando como "mamá" y "papá" por el resto de sus días, aunque estén en diferentes casas, con diferentes parejas y con más hijos. Negarlo, es negar la función que, responsablemente, debería mantenerse unida más allá de la pareja. Dos personas pueden no quererse más y separarse. Pero, y aquí está lo que decíamos anteriormente, uno se divorcia de su pareja, no de sus hijos.

Son esos sujetos, aquellos que en algún momento se comprometieron en un matrimonio, los que deberán duelar ese amor que se perdió. Serán esos sujetos, que son "padres" a su vez, de sus hijos, los que deben hacerse cargo de ese agujero que los separa como pareja.
Será este el único modo de no arrojar al vacío, al agujero que dejó el fracaso de esa relación, a quienes no la eligieron, en primera instancia, ni tuvieron que ver en su final, es decir, los hijos.

AUTORES:
VERÓNICA LEDER, MARTÍN BAAMODE - LIC. EN PSICOLOGÍA (U.B.A.)
http://psiuba.blogspot.com/

 

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