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Desde
un divorcio hacia un nuevo armado familiar, hay un
camino por recorrer, camino que muchas veces - más
de las que uno creería posible - se trunca
en su armado o directamente nunca se tuvo la intención
de armar y, por lo tanto, este pasaje no se produce
más que como un salto abrupto y devastador
para aquellos que se resbalan por su hendidura.
Cuando
nos referimos a "nuevas familias" no necesariamente
se trata de las "nuevas parejas" de aquellos
divorciados, sino que aludimos al reordenamiento de
lugares a partir de una separación. Gran parte
del problema que planteamos radica en esta grave confusión.
Un padre no se divorcia de un hijo. Esto no es posible.
Se divorcia de su esposa o de su esposo, pero no de
su hijo. Ni desde lo legal ni desde lo simbólico
es esto posible. Si esto ocurre, no se tratará
de un "divorcio" sino de una "irresponsabilidad"
por parte de quien lo encarne. Para entenderlo, usemos
la misma lógica que armó el origen de
ese matrimonio. Un hombre elige a una mujer entre
otras mujeres, y viceversa. "Elegir" a una
mujer es diferente al acto que implica la decisión
de convertirse en padre, que, incluso si uno quiere
hilar aun un poco más fino, diría también
que no es lo mismo "tener" un hijo que devenir,
que asumirse, como padre; pero volvamos a la línea
anteriormente planteada.
Muchas veces, los padres, genéricamente hablando,
confunden a la mujer o al hombre de quien se divorciaron,
y a quien en algún momento anterior eligieron,
con los hijos del matrimonio. Es decir, les hacen
pagar a ellos, a esos niños, por los infortunios
y las frustraciones del matrimonio que no funcionó.
Este es el punto de gravedad del asunto. Las más
de las veces, estos niños quedan boyando a
la deriva, perdidos en esa fisura, en ese agujero,
esa grieta, que armaron sus padres, más allá
de ellos.
Por
supuesto que en un principio el caos ocurre, casi
inevitablemente. El desconcierto y lo sorpresivo se
presentan impactando a todos los actores de la escena.
Ahora bien, no sólo que esto tiene un tiempo,
y es necesario que sea éste acotado, sino que
los "actores" de dicha escena no son todos
iguales, ni su responsabilidad es simétrica
y mucho menos compartida con lo "actores menores".
A la hora de reordenar la escena, de darle un nuevo
cauce que le permita continuar, es decir, conmoverse
y menearse, pero sin quebrarse, son los padres los
absolutos responsables y nadie más.
Muchas veces los papás logran armar una diacronía,
un pasaje hacia una nueva modalidad familiar, que
por supuesto, no será sin marcas, sin cicatrices
de lo anterior, pero que viabilizarán la separación
sin dejar de cumplir con las funciones paternas que
les corresponden. Sostener sus lugares, discursivamente,
es decir en palabras y hechos, posibilitará
que el hijo pueda distinguir al matrimonio de sus
padres y su ruptura de sus padres, propiamente dichos.
Y aquí está la clave. Un niño
puede "entender" no sin dolor, pero puede
hacerlo, es decir, puede entender que sus papás
ya no se quieran, que decidan no estar más
juntos como pareja. Un niño podrá elaborar
la pérdida de lo que implica para él
la ruptura del amor, de la pareja que armaron sus
papás.
Pero comprendamos que las consecuencias son absolutamente
diferentes si a esto se le suma el encomendarlo a
que elabore un exceso. Es decir, ponerlo en la terrible
posición de tener que entender que en la caída
de ese matrimonio, cayeron también las funciones
que, como padres, asumían esos dos sujetos
que se separan.
Por
supuesto que no estamos haciendo referencia solamente
a que un padre o una madre "se borre" literalmente.
Pueden estar, es decir, pueden tener presencia física,
y así todo no cumplir con la función,
no operar.
Es muy común encontrarnos con las consultas
sobre estos niños, quienes empiezan a hacer
diversos síntomas alrededor de estas cuestiones.
Entendamos que es "normal", si hay algo
que lo sea, que un niño arme un síntoma
ante la separación de sus padres. Pero existen
graduaciones, y muchas veces - cuando hay un padre
que escucha, que está conectado con ese hijo,
que pone una palabra donde se necesita y vela lo que
hay que velar - rectifica su posición y el
síntoma desaparece.
Otras veces, los papás no saben cómo
hacer con este tema y responsablemente si se analizan,
piden más análisis o, si nunca lo hicieron,
consultan.
Pero lamentablemente cada vez más niños
llegan a la consulta con presentaciones y síntomas
muy graves, con derivaciones escolares o pediátricas.
Niños que claramente quedan tomados en esta
conflictiva, que en reiteradas ocasiones se convierten
en un claro objeto de disputa de estos padres, en
trofeos de custodia, en algo para molestar al otro,
"yo le pego al turro de mi ex marido ahí
donde le duele", decía la madre de un
paciente de ocho años, refiriéndose
al hijo y su custodia.
Tengan
en cuenta, ya lo hemos repetidos a lo largo de las
diferentes notas, que cuando tenemos un "objeto"
y no un "sujeto" como hijo, podemos hacer
cualquier cosa con él, cualquier aberración
es posible.
Las
"nuevas familias de nuestra época"
son posibles y valiosas siempre y cuando se tenga
en cuenta a cada miembro que las conforma y a su historia
singular. Y como ya dijimos, no implican, es decir,
no son consecuentes, a "nuevas parejas"
de los padres. Esto es posible y válido, es
decir, los padres pueden rearmar sus vidas amorosas,
enamorarse, ponerse de novios, juntarse, casarse nuevamente,
y es esperable y oportuno que esto ocurra; pero, y
este es el punto central del artículo que aquí
presentamos, la estructura sobre la cual se arma,
se apoya, ese nuevo tomo de la historia de esos sujetos
que encarnan, además, funciones parentales,
tiene que estar planteada de antemano, justamente
para que sea posible sostener esas funciones aunque
ya no convivan o convivan con alguien más.
Cuando decimos "planteadas de antemano"
no nos referimos al pensamiento y al cálculo,
sino a que siga habiendo un lugar para ese hijo en
el nuevo armado. Es esto lo que le permitirá,
aquello que le hará posible elaborar ese pasaje
desde lo anterior a lo novedoso, sin dejarlo caer
en el vacío de la indeterminación, en
ese entre excluyente.
Para
un sujeto, el divorcio de sus padres nunca es sin
consecuencias, sin algo de padecer. Ahora bien, como
hemos visto, no es lo mismo el modo bajo el cual se
transita y tramite este momento. Poder armar una "nueva
familia" implica no dejar de contar con los actores
que armaron la anterior. No es desde "cero",
es "a partir de". Es con las marcas de lo
anterior, con su uso y no con su negación,
que lo nuevo tendrá alguna consecuencia que
lo sustente, que lo haga posible.
Ambos padres, por más que haya otros sujetos,
novedosos actores en el nuevo escenario, no dejan
de ser las personas más importantes en la vida
de un niño. No importa que ya no se quieran,
que no se deseen, que no se soporten.
Es necesariamente lógico entender que para
ese hijo, seguirán funcionando como "mamá"
y "papá" por el resto de sus días,
aunque estén en diferentes casas, con diferentes
parejas y con más hijos. Negarlo, es negar
la función que, responsablemente, debería
mantenerse unida más allá de la pareja.
Dos personas pueden no quererse más y separarse.
Pero, y aquí está lo que decíamos
anteriormente, uno se divorcia de su pareja, no de
sus hijos.
Son
esos sujetos, aquellos que en algún momento
se comprometieron en un matrimonio, los que deberán
duelar ese amor que se perdió. Serán
esos sujetos, que son "padres" a su vez,
de sus hijos, los que deben hacerse cargo de ese agujero
que los separa como pareja.
Será este el único modo de no arrojar
al vacío, al agujero que dejó el fracaso
de esa relación, a quienes no la eligieron,
en primera instancia, ni tuvieron que ver en su final,
es decir, los hijos.
AUTORES:
VERÓNICA LEDER, MARTÍN BAAMODE - LIC.
EN PSICOLOGÍA (U.B.A.)
http://psiuba.blogspot.com/
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