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Aquí, una compañía de artistas
ambulantes recorre los caminos del mundo mientras
retrata a personajes del cine, las historietas y los
cuentos de hadas. La acción se desarrolla
en una especie de set de cine de los años 20.
Un grupo de artistas trashumantes va de un lado a
otro, creando un espacio un poco circense que sirve
de base para presentar sus aventuras. Ellos están
constantemente en movimiento, continúan y continúan
como el cuento de nunca acabar. Eso es La trup sin
fin, una puesta muy onírica sobre un conjunto
de personas que narran historias, explica Midón.
Los
personajes que aparecen en la obra no fueron elegidos
al azar. Con muy pocas excepciones, ya estuvieron
sobre el escenario en espectáculos escritos
y dirigidos por Midón. En esta ocasión,
se suceden unos a otros en una serie de relatos que
están vinculados, aunque no forman una unidad
argumental estricta. Cuando empecé a
armar esta pieza, quise juntar a varios seres de la
literatura clásica y del cine mudo para crear
algo que los incluyera a todos, explica. Mi
estilo se caracteriza, cada día más,
por contar varios cuentos y no uno solo. Simplemente
me sale así, como una especie de flash con
historias muy libres entre sí. Encuentro en
estos personajes una actitud frente a la vida que
yo comparto. Ellos juegan permanentemente, mantienen
su capacidad de fantasear y de relacionarse con la
realidad desde lo lúdico. El humor es una de
las cosas que más me gustan, y creo que junto
con la emoción siempre debería estar
en el teatro para chicos. Yo encuentro todos estos
rasgos en figuras como Carlitos Chaplin, que va directo
al corazón.
La
trup sin fin retoma parte de la esencia de Vivitos
y coleando, una saga que empezó como un programa
de televisión, se presentó en tres versiones
para teatro y siguió como una recopilación
de escenas en Locos ReCuerdos. En Vivitos...,
todas las historias que se nos ocurrieron transcurrían
en una buhardilla. En esta nueva obra hay algo de
eso: una compañía que presenta los relatos
en forma de situaciones breves, pero también
personajes básicos a través de los cuales
se da vida a situaciones que podrían estar
ocurriendo hoy. Estos seres me interesan porque tanto
sus conflictos como su humor y su juego siguen vigentes.
La Cenicienta es como Shakespeare: siempre está,
dice Midón.
Sus
obras siempre tuvieron un contenido social y un mensaje
dirigido tanto a los niños como a los adultos.
¿Este rasgo se mantiene en La trup sin fin?
Sí,
totalmente, pero ahora tal vez un poco menos. Creo
que este espectáculo lo pensé en contrapartida
a Derechos torcidos y Huesito Caracú, dos obras
que hice cuando estaba metido hasta el fondo con la
preocupación por lo social. Ahora preferí
zambullirme en el mundo de lo imaginario, en ese universo
de siglos que incluye a los cuentos, el cine, la acción,
los gags y todos esos elementos que me encantan. Hoy
en día siguen existiendo las mismas injusticias
y mis preocupaciones están presentes, pero
supongo que cambió mi punto de vista y el lugar
desde el cual me ubico. Creo que como dramaturgo y
director estoy en un lugar diferente de cuando hice
Vivitos.... Igualmente, aunque traté por mi
propia decisión de aislarme de lo directamente
social, estas cuestiones siempre aparecen.
¿Qué
ejemplo de personaje clásico encuentra que
tiene mucha actualidad?
La
Cenicienta, por mencionar uno de los tantos. Mi intención
no es simplemente volver a presentar lo mismo sino
trabajar con ella en la medida en que hay ciertos
aspectos y vivencias que perduran en las mujeres de
hoy. El espíritu de Cenicienta está
presente en ese sueño de querer lo imposible
y de buscar algo perfecto en lo amoroso, aunque después
la realidad muestre que no es como uno creía.
Ella es una chica que prácticamente está
sola. Su madre murió cuando era niña,
su padre ausente se la pasa viajando, y la madrastra
y las hermanastras la tratan muy mal. Sin embargo,
en ella está el impulso de desear lo mejor
y de ir contra viento y marea para conseguir lo que
se propone. Esta fuerza es la que yo destaco en el
personaje, no la fábula. En el cuento clásico
Cenicienta sale adelante gracias a la ayuda de la
magia, pero en mis obras la magia se encuentra en
uno mismo. No es nada más ni nada menos que
esa capacidad que tenemos todos de salir adelante.
Desde
el teatro, ¿resulta difícil tocar el
tema de los problemas sociales con los chicos?
No,
para nada. En mis obras yo siempre traté de
que se produjera un diálogo continuo sin que
el espectáculo fuera un plomazo. Trabajo con
la diversión. Busco que nos emocionemos juntos
con las pequeñas cosas que son universales
y que compartimos todos los seres humanos. Sigo asegurando
que el escenario es una herramienta para hablar con
los chicos, pero también representa un medio
por el cual los artistas nos encontramos entre nosotros.
A veces no valoramos lo suficiente esos momentos,
pero creo que lo que uno quiere en la vida cuando
hace teatro es justamente encontrarse con el otro.
Cuando sucede, cuando hay una verdadera reunión,
ahí es cuando más lo disfrutamos. Algunas
veces pasa y otras veces no.
Siempre
le dio mucha importancia al trabajo en equipo.
Totalmente.
Me interesa estar al pie del escenario, laburando
desde un lugar donde se mezcla el director y el autor.
Se me hace bastante difícil preparar una obra
con compañías que no conocen este juego
recíproco. Por eso me apego a actores como
Diego (Reinhold), Omar (Calicchio) y Alejandra (Radano),
los protagonistas de La trup sin fin. Trabajé
con ellos en otras obras y es muy lindo cuando se
pueden armar grupos como éste. Nos respetamos
mucho, yo confío en ellos y ellos en mí,
y por eso logramos una flexibilidad que realmente
me gusta. Vamos armando la obra a través del
juego, donde todo el mundo propone y yo, como director,
filtro y elijo. A mí no me importa de quién
viene una buena idea, es lo mismo si el actor se inspiró
en algo que yo dije o si yo pensé algo nuevo
gracias a él. El elenco nos permite ir progresando
de esta manera. Yo les decía a ellos, hace
unos días, que el que va a cobrar los derechos
de autor soy yo, pero la obra es de todos.
¿Es
decir que sus obras se van armando a través
del juego y el humor?
Sí.
El libro es el punto de partida porque siempre plantea
una especie de guión y nos sirve como esqueleto
para el trabajo de la puesta en escena. Generalmente,
las canciones y sus letras quedan fijas desde el principio,
pero el resto de la obra se va armando con los artistas
que me acompañan. Creo que tiene que haber
un juego incesante entre los actores y el director,
donde ellos me siguen a mí y yo a ellos. Como
decía antes, no tengo idea de a quién
pertenece espectáculo, pero supongo que a todos.
¿La
música ocupa un lugar fundamental?
Sí,
definitivamente. Incluso diría que en los últimos
tiempos las canciones son lo primero que surge, porque
alrededor de los temas musicales se van armando las
situaciones. Además, estoy en escena con (el
compositor) Carlos Gianni desde hace cerca de 40 años.
Empezamos a compartir el escenario en los 70
en una comedia musical para chicos, y desde entonces
seguimos trabajando juntos con total plasticidad.
Siempre tratamos de ser flexibles y encontrarle la
vuelta para cambiar la música o la letra según
sea necesario. Si tuviera que hacer teatro de otra
manera, con más rigidez, la verdad que me aburriría
un poco.
Habiendo
tantos personajes clásicos en La trup sin fin,
¿no pasa que a veces los adultos los reconocen
más que los chicos?
A
Chaplin o al Gordo y el Flaco seguro que los chicos
de hoy no los van a conocer, pero a Popeye y Olivia
capaz que sí. En líneas generales, como
no están al tanto de quiénes son, los
niños se encuentran con un humor que no saben
de dónde viene o de cuándo es. Al verlos
son muy tajantes: o les gusta o no. Cuando yo presenté
Stan y Oliver, el espectáculo basado en los
personajes del Gordo y el Flaco, todos los chicos
se morían de risa. Además, les encantaban
las imágenes de películas que mostrábamos
durante la obra. En La trup... también vamos
a proyectar secuencias armadas, casi como videoclips,
de las historias que protagonizaron Chaplin y Stan
Laurel y Oliver Hardy.
¿Los
papás se suelen sorprender con sus obras para
niños?
Sí.
Ellos, al igual que los chicos, están muy enchufados
con el mundo virtual y la vida cibernética.
El humor directo y físico que ven acá
los descoloca un poco porque no están acostumbrados.
El arte en vivo es algo único porque el actor
está justo ahí, enfrente de ellos. En
esa intimidad tan grande que produce, el teatro nos
permite entrar en la conciencia de los chicos y de
todos los espectadores. Por eso se genera una fusión
de las almas que queda en el recuerdo por años.
No es casual que muchos adultos jamás olviden
las obras que vieron décadas atrás,
cuando todavía eran niños.
ø Fuente: PAGINA 12
por Vanina Redondi
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