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Días
pasados, sentados a los pies de esa obra de la artista
brasileña, 30 pequeños -de entre 4 y
10 años- contaban lo que veían a Diego
Murphy, uno de los guías: una planta carnívora;
un señor y una señora; dos árboles
sin hojas; las manos de un dinosaurio que parecen
garras.
"Frente
a una obra de arte, un niño dice lo que opina;
un adulto busca entenderla", dijo Murphy al término
de uno de esos recorridos. Y explicó que la
"garantía" es tener en cuenta el
tiempo de atención de los niños, su
nivel de conocimiento y "no llenarlos de información".
La
escena de los cosechadores de café que preparan
en Brasil la fiesta de San Juan, pintada por Cándido
Portinari, en 1936, fue otro de los desafíos
de la sala. En él los chicos vieron "gente
que trabaja", "de un pueblo medio pobre",
que "parecen esclavos" y, en medio de un
juego, olieron los mismos granos de café que
los personajes del cuadro.
Se
incluya o no en el recorrido -cada visita propone
cuatro obras diferentes- una de las que más
atrae la curiosidad infantil, y la adulta también,
es La pesadilla de Ramona , uno de los monstruos de
Antonio Berni. Los visitantes la miran con asombro,
respeto, susto y diversión y preguntan si dentro
del cuerpo del animal está el de la mujer cuyas
piernas parece estar engullendo.
La
quinta obra
En 45 minutos, los niños son ayudados a ver
cuatro de las obras más importantes de la colección
del Malba. Luego son invitados a hacer ellos mismos
la quinta obra de arte.
"¿Diego,
puedo hacer cualquier cosa?", preguntó
Clara, de 5 años, al guía antes de poner
manos a la obra y producir un collage que tituló
Una chica con alas. Con papeles de colores, tijera,
pegamento y lápices, cada uno de los chicos
construyó su propia obra.
Ese
momento de taller fue el que más atrapó
a Clara y a su prima Constanza, de 6 años.
"Lo demás me gustó, pero poquito",
dijo Clara. Sin embargo, siguió con atención
el diálogo que los demás chicos mantuvieron
con el guía durante el recorrido en la sala.
Su abuela, Josefina Marty, salió encantada
y consideró muy bueno el manejo de los chicos
de diferentes edades. "Cuando están tranquilos
y hacen preguntas es porque lograron interesarlos
en lo que se muestra", explicó.
"Hace
mucho que queríamos venir al museo. Hoy, después
de recorrerlo todo, nos enteramos de esta propuesta
para los chicos y volvimos para poder participar.
Nos gustó mucho", dijo Pía Ijjas,
con su esposo Peter y sus hijos Cristian, de 7 años,
y Diana, de 5.
Para
Claudia Figueira, que participó con sus hijos
de una de las visitas, "la propuesta es muy buena
porque si vienen al museo cuando son chicos, seguramente
volverán a hacerlo cuando sean grandes".
El
programa completo siempre pueden encontrarlo en www.malba.org.ar
.
ø
Fuente: LA NACION por Silvina Premat
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