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humor
después de años de trabajar como musicoterapeuta,
docente y tallerista en escuelas de todo el país.
Más adelante fue el café-concert y la
comedia para adultos. Durante el menemismo emigró
y empezó desde cero en Cuba, luego en México,
donde dio el salto al gran teatro y al público
masivo: hizo TV, radio y temporadas de hasta 17 shows.
Regresó a Argentina en 2001 y volvió
a empezar de cero. Pero esa vez coincidía
con que todo el mundo empezaba de cero, subraya.
¿Cuál
es el truco para que una sala entera se levante de
la butaca a bailar y hacer morisquetas, sin pudor
ni miedo al ridículo?
El
truco es no jugar a la cámara oculta ni a que
el que se equivoca es un salame, todo lo contrario.
Para mí una de las herramientas más
eficaces del humor es situarte a la par o por
debajo del público: si hacés un
monólogo sobre los celos en la pareja, y escogés
a uno y lo gastás, el tipo se siente avergonzado,
la mujer violenta, el resto se ríe pero por
alivio de no haber sido escogido. En cambio si vos
te ponés por debajo, y contás lo que
te pasa a vos con los celos, toda la sala se ríe
porque es uno el que se expone. Si lo contás
como diciendo esto es naturaleza humana
toda la sala se ríe y se siente identificada.
Para hablar de miedos nocturnos con los chicos cuento
mis miedos... entonces los chicos me tiran tips de
especialistas en miedos nocturnos: tapate con
la sábana, dejá la luz prendida.
Eso genera mucho alivio. Otro ejemplo, en mi show
digo no, señor iluminador, no baje tanto
las luces porque me da miedo.
Su
gran tema es la relación entre padres e hijos.
¿De qué lado está?
Del
que la pasa peor. Si se da el caso de un chico caprichoso,
tirano, el chico que mangonea al padre porque éste
no supo buscar un lugar de autoridad, hago bromas
sobre el hijo caprichoso. Cuando son los papás
los que están hinchas sobre los hijos hago
bromas sobre los papás pesados. Concibo el
humor infantil como un humor familiar; es un humor
de relación, no es un humor sobre la infancia.
¿Hay
temas prohibidos?
Hay
temas con los que no se puede hacer humor. Un ejemplo,
los chicos ahora oyeron muchas noticias sobre este
psicólogo abusador; si tuviera mi programa
de radio habría editorializado sobre eso, porque
los chicos estuvieron expuestos al tema, entonces
trato de ordenarles la información. Pero en
un espectáculo de humor no cabe. Ese es el
criterio: humor se puede hacer de todas las cosas
en que somos ridículos y la risa nos puede
aliviar, de todas las cosas en que somos temerosos
y no valía la pena ser temerosos, de todas
las cosas en que una autoridad nos oprime y el humor
es una herramienta para quitarle poder simbólico
dentro nuestro. Pero hay cosas que no caben: no es
el momento, no es oportuno, no es el contexto.
Usa
las palabras caca y pedos en el teatro y los chicos
y los padres se mueren de risa. ¿Pasa lo mismo
en una escuela rural? ¿Por qué las malas
palabras causan efectos diferentes en distintos
contextos?
Depende
de una lectura muy rápida, delicada, de un
cierto equilibrio. En una escuela rural no se me ocurriría.
Ellos pueden sentir ¿por quién
me toma éste?; como cuando un tipo en
la calle usa una palabra íntima o una mala
palabra y vos sentís que roza un espacio que
no tendría que haber rozado. En cambio, si
somos pares o en un contexto en donde eso no está
en juego, podés usar una mala palabra. Siempre
depende de si la palabra es funcional a la expresividad
o si la decís como para ganarte una risa medio
trucha. No hay que robar nada. Risas tampoco.
¿Por
qué en el teatro funciona bien?
En
un teatro y en una ciudad grande como Buenos Aires,
en un espectáculo de antología como
el mío al que el público va y conoce
el repertorio, hay más flexibilidad; así
y todo las malas palabras no pasan de pedo
o caca. Hay cierta intimidad, hay un código
que permite que se lea como un juego. Es como cuando
un chico me dice callate y yo digo callate
vos; si no se interpretara en el código
del juego sería patético, si provoca
risa es justamente porque es un juego. O si yo digo
Seguridad, llévese esos chicos,
y aparecieran cuatro monos para llevárselos
bueno, imaginate, nadie se reiría.
Sus
primeros espectadores eran alumnos de escuelas urbanas
y rurales. ¿Cómo se enfrenta actualmente
a este público masivo que lo obliga a agregar
más y más funciones?
Estoy
contento, pero a veces me sorprendo. Por ejemplo el
lunes fui con el Plan Lectura del Ministerio de Educación
a una escuela rural en Merlo. Venía como autor
de la Capital, veía carteles que decían
Agradecemos a las autoridades la visita de Luis
Pescetti; me daba mucho pudor y lo sentía
como una separación, pensaba cómo acortar
esa distancia, cómo recorrer todo ese camino
a la inversa. Tomé el libro nuevo, La fábrica
de chistes, y fue mágico. Para esos chicos
no era que fuera yo el importante, era la expectativa
de quien se suponía que los visitaba. Era tal
la expectativa que cuando el hecho se producía,
y veían que eran chistes que cualquiera de
ellos hubiera podido contarse en el patio... resultó
que habrán pensado: Esto es la cultura;
¡está buenísimo!. Me acuerdo
de un libro de Tzvetan Todorov, Deberes y delicias,
donde él habla del discurso intelectual cuando
se usa como herramienta de poder que excluye al otro.
Ahí el discurso se hace sofisticado, retorcido;
en cambio el discurso es democrático cuando
incluye al otro y lo trata como un par y le da además
herramientas de intercambio. El usa una palabra que
me gusta mucho: la legibilidad, y dice que es una
cuestión de higiene. Volviendo a la escuela
de Merlo, en un instante eso que podría haber
sido un desencuentro o la confirmación de que
la cultura es algo que viene de afuera, se convertía
en un contacto profundo, algo propio, familiar, conocido,
que incluyó a todos.
Y
el chico de la ciudad, el fan que va al teatro y sabe
las canciones, ¿lee sus libros y escribe a
la web?
Yo
ahí me tengo que cuidar de no entrar en un
jueguito de quién hace ping pong más
ágil, porque en realidad lo que necesita el
chico urbano es que lo lleves a la ternura. Con los
chicos de Merlo empecé al revés y llegué
a un texto de Nadie te creería, un texto con
mucha metáfora, con un realismo un poco mágico,
de amor, y no creó risas de pudor, hizo contacto.
Con los chicos de zonas urbanas es al revés:
hay que empezar por algo que es más cancherito
y lo llevás suavemente a algo más tierno
y donde haya menos miedo al ridículo. En ambas
zonas hay miedo al ridículo, pero en zonas
urbanas hay más crueldad.
¿En
escena es usted o es un personaje?
En
escena me muestro bastante como soy, pero es como
si me enfocaran con una lente de aumento sobre una
hora en un día de mi vida.
ø Fuente: PAGINA 12
por Inés Tenewicki
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