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después
de jugar al fútbol, nos juntábamos debajo
de una parra y yo les contaba lo que estaba leyendo.
¿Ves? Esa debe de haber sido mi primera actuación.
En ese relato aparecían claramente las ganas
de viajar, de conocer a otras gentes. Después,
cuando lo pude hacer, me di el gusto. Es que viajar
te abre la cabeza. Yo diría que esta obra es
un viaje a un mundo que tiene que ver con muchas cosas
de mi niñez, con el mundo de Salgari, de Alejandro
Dumas, de Verne.
Y
como si estuviera en un domingo de vacaciones rodeado
de sus amigos, se larga a contar una de sus tantas
anécdotas. "Una vez, como había
tenido problemas, me rajaron de una escuela de curas.
Me pasé a un comercial en el cual tuve que
rendir libre primer año, algo bastante raro
para la época. Una de las materias era historia.
Cuando saqué la bolilla, justo me tocó
toda la época de Luis XIII, Luis XIV... La
profesora comenzó a preguntar y yo le respondía,
le daba detalles que estaban por fuera de las cosas
que se enseñaban normalmente... Entonces, asombrada,
me preguntó de dónde había leído
todo eso. «En Los tres mosqueteros, de Alejandro
Dumas», le contesté. Ahí estaba
todo. Si en un capítulo de ese libro toma todas
las peleas que había entre Inglaterra y Francia,
los problemas de Luis XIII con el cardenal Richelieu,
el que manejaba las finanzas ¡Todo eso lo aprendí
de ahí! ¿Qué te pensabas? ¡Yo
no soy un intelectual! Dumas trabajaba con historia
de la misma manera que Verne lo hacía con la
geografía. Sin ir más lejos, una vez
apareció un tipo en una cárcel; nadie
sabía quién carajo era; que llevaba
20 años ahí cuando en las cárceles
de aquel momento nadie vivía más de
3 años. De ese dato, Alejandro Dumas sacó
El conde de Montecristo ", dice quien hizo de
Lisandro en la exitosa novela que protagonizó
Pablo Echarri en Telefé.
Historia
de camarines
Carnaghi
habla desde uno de los camarines del Metropolitan,
esos mismos que conoció cuando a principios
de los noventa hizo Sacco y Vanzetti y, el año
pasado, La jaula de las locas . Ahora es el turno
de Verne. En cierto modo, las tres obras dan cuenta
de su enorme capacidad como actor de nadar en diferentes
aguas, sea en teatro, en cine o en TV. "Todo
lo que tiene que ver con el cuerpo me fascina: jugar,
saltar, bailar. Es algo que está en mí
como una materia que, lamentablemente, no pude hacer
cuando era pibe", reconoce. Por eso mismo, ahora
se da el gusto y hasta en el momento de la producción
fotográfica en medio del renovado escenario
del Metropolitan no para de poner caras, inventar
mundos y evocar momentos que tiene guardados en su
arcón.
La
vuelta al mundo era un espectáculo que tenía
en carpeta desde hace años. En un principio,
iba a ser una obra para público infantil, pero,
por motivos varios, el montaje fue madurando. Ahora
cargará sobre sus espaldas la responsabilidad
no menor de hacer un espectáculo para toda
la familia. "De alguna manera y con todas las
distancias del caso, haremos algo como el Cirque du
Soleil, en el sentido de que puede ver cualquiera.
Por otra parte, apostar por el juego es como ir al
inicio del teatro mismo", dice este entrañable
señor, del cual parece que es muy fácil
hacerse amigo.
Carnaghi
se remite al circo aunque de pibe no tuvo contacto
con las carpas que llegaban a Buenos Aires. "Mi
padres no eran el tipo de familia que llevaba a sus
hijos al teatro y al cine. Mi viejo fue una sola vez
al cine a ver una película en la que yo actuaba.
No quería ir, pero lo obligué, le saqué
la entrada y no le quedó otra. Al teatro sí
venía a verme, apenas empecé a hacer
teatro en San Isidro", recuerda.
Historias
del barrio
De
chico vivía en un barrio con calles de tierra
cercano a La Cava. Se anotó en un teatro escuela
de San Isidro, donde estudiaban María Julia
Bertotto, Hugo Midón y Ricardo Monti, entre
otros compañeritos de aquellos tiempos. Debutó
en la escena oficial en 1970 con un texto de Valle-Inclán,
protagonizado por Alfredo Alcón. A partir de
ese mojón, compartió trabajos con Olmedo,
Milagros de la Vega, Tato Bores, Alejandro Urdapilleta,
Ethel Rojo, Héctor Alterio, Antonio Gasalla,
Hedy Crilla, Nito Artaza y el mismo Pablo Echarri.
O sea, un barrido desprejuiciado por todos los géneros
y todos los circuitos.
Ahora
compartirá escena junto Paula Robles, Ernesto
Claudio, Marcelo Savignone, Ricardo Merkin, Daniel
Toppino, Alfredo Allende, Daniel Campomenosi, Montenegro
y diez acróbatas de la Compañía
de Circo La Arena, en una propuesta que combina elementos
de teatro, circo, danza, música y humor en
medio de un impactante despliegue escenotécnico
armado por Alberto Negrín. "Y como en
esta versión metieron mano, haré de
Julio Verne para contar su mundo, su pasión
por la escritura y su relación con su editor,
un tal Hertzel, un tipo que también editaba
a Zola y a Víctor Hugo. Pero lo que más
me interesó fue el hecho creativo. Y en eso,
Gerardo Hochman es una pieza clave. Desde un principio,
este espectáculo era algo para crear: eso es
lo que me apasiona", apunta el que hasta el verano
se calzaba la peluca de Za-Za y movía las caderas
con total desparpajo en La jaula de las locas .
Entre
sus innumerables trabajos, recuerda cuando hizo Alicia
en el país de las maravillas con el actual
Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín.
"Aquello fue un éxito increíble.
Hacía del relator y debía bailar. Era
un juego y yo tengo una cosa lúdica que me
gusta. Acá es el juego por el juego, es pura
imaginación. Vas a Japón, a China, a
Nueva York; poder crear ese mundo en un escenario
es todo un desafío", dice quien en estos
momentos todos los jueves se asoma por las pantallas
de Telefé en Aquí no hay quien viva
, en un papel hecho casi a su medida.
Las
similitudes entre la vida de Carnaghi y la de Verne
son varias. Por lo pronto, cada uno a su tiempo, se
trata de dos personalidades que se lo pasan trabajando.
Verne era capaz de escribir hasta tres folletines
a la vez. El actor, lo es de hacer televisión
y teatro como algo normal. Sigue Carnaghi: "Para
Verne, primero estaba la escritura y después
la familia. A mí me pasó lo mismo. Y
ojo que no lo digo con orgullo: todo lo contrario.
En cierta manera, sigue siendo así".
ø
Fuente: LA NACION
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