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No
hay que quedarse con las apariencias",
le dice la bruja -al comienzo de la historia-
al arrogante príncipe antes de hechizarlo
y de convertirlo en una bestia. Pero cómo
no hacerlo, cuando lo que se ve sobre el escenario
es de tan alto impacto. Uno se podría
recostar en la butaca y, simplemente, disfrutar
de la música, de los distintos espacios
escénicos, de los trajes, de las coreografías,
de las voces de los intérpretes y de
la historia de amor entre una princesa muy particular
(de carácter fuerte, amante de la lectura)
y un príncipe que se redime tras abrir
su corazón. Pero siguiendo los consejos
de la bruja -y con la posibilidad de hacerlo-,
es una buena idea recorrer el interior, el detrás
de escena, de ese universo dorado y luminoso
que es La Bella y la Bestia, y que el 26 de
este mes llegará al escenario del Citi
(ex Opera), el mismo espacio en el que se presentó
hace doce años. Porque una cosa es lo
que sucede en
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escena
y otra -con coreografías igual de precisas-
lo que pasa en los pasillos del subsuelo, que vienen
a ser la factoría que produce el brillo y la
magia que caracteriza a este musical.
Arriba,
los que comandan las riendas son la directora y coreógrafa
inglesa Jacqueline Dunnley-Wendt y el director musical
Paul Christ. Ellos participaron de las audiciones
y son los que, desde hace casi dos meses, están
al frente de la compañía enseñando
y transmitiendo lo que dictan las "biblias"
de la obra, los enormes libros que dicen -punto a
punto- cómo debe ser el espectáculo
en cada área. Nada está librado a la
improvisación, cada movimiento, cada tono vocal,
cada color escénico responde a un patrón
que fue creado por los creativos de Disney y que debe
ser respetado a rajatablas.
"La
verdad, este musical está tan inteligentemente
realizado que hay zonas en las que los actores pueden
sentirse libres para interpretar sus roles, y eso
es fundamental para que la obra se mantenga viva -dice
la directora Dunnley-Wendt-. Hay algo clásico
que se tiene que mantener, por supuesto, pero el hecho
de trabajar con tantos actores diferentes te permite
descubrir esas diferencias que enriquecen y hacen
única cada producción."
Y
lo de "único" toma un valor fundamental
cuando se ingresa a cualquiera de los talleres que
habitan el subsuelo del teatro. Allí es Genoveva
Petitpierre quien supervisa el trabajo de vestuaristas,
peluqueros, maquilladores y pintores. Ellos -más
allá de cualquier megaproducción- cosen,
pintan, dibujan, lavan, tiñen, prueban, reparan
y acondicionan cada pieza, cada objeto que luego lucen
los actores en escena. El trabajo es tan artesanal,
tan de a uno que pareciera que nunca van a terminar;
sin embargo, ellos avanzan tranquilos porque todo
está medido, cronometrado. Cada uno de los
120 técnicos conoce con precisión sus
movimientos para estos días de preparación,
y también los que vendrán cuando arriba
suban el telón. Genoveva, mexicana ella, está
desde la primera producción que de La Bella
y la Bestia se hizo para América latina, cosa
que sucedió en 1996. Eso la hace maniáticamente
conocedora de detalles casi imposible de distinguir
para cualquier otro mortal. "De todas las producciones
musicales en las que participé ésta
es la que más gratificación me ha dado,
ya que tiene una realización de vestuario y
maquillaje de extrema exigencia. Cada vez es un nuevo
desafío", explica entusiasmada como si
fuera la primera vez. Parte del trabajo tanto de ella
como de la directora asociada y del director musical
es entrenar a los directores residentes que quedan
a cargo de la nave luego del estreno. Además
los residentes suelen oficiar de traductores entre
el cast extranjero y el elenco local.
Los
elegidos
Dunnley-Wendt y Christ fueron los que durante las
cuatro semanas que ocuparon el Club Español
-antes de mudarse al teatro- se empeñaron en
que los 32 actores elegidos aprendan los secretos
de los más de cien personajes que suben a escena.
Desde el primer día el marplatense Martín
Ruiz empezó a usar algún tipo de complemento
o postizo que lo fuera acostumbrando a darle vida
a la Bestia, para la que fue elegido entre cientos
de postulantes. Martín no puede ocultar la
enorme felicidad que lo embarga cuando explica que
él se presentó pensando "sólo"
en Lumière. Feliz asume las casi dos horas
de preparación que le lleva transformarse en
Bestia. Pelos por doquier, botas con enormes garras,
un traje con estructura muscular prestada, postizos
que le dan bravura a su rostro. Todo eso debe estar
combinado con tres litros de agua por función.
El hombre transpira tanto que lo andan siguiendo por
todos lados con botellas para que se hidrate.
Magalí
Sánchez Alleno (Bella) corrió la misma
suerte que su compañero. No quiso picar alto
de entrada y se postuló para Babette, pero
tuvo la suerte de que los directores supieron mirar
y la fueron corriendo de grupo hasta que llegó
al de las Bellas, y luego de dos meses de pruebas
y esperas le anunciaron su primer gran protagónico:
"Lo que me encanta de este rol es que Bella no
canta tanto, actúa más y tiene muchos
parlamentos. Además hay escenas dramáticas
y tiene transiciones muy rápidas hacia el humor.
No es una princesita como todas".
Si
hay algo que todo el elenco destaca y que evidentemente
lo sorprende es el buen trato que tiene con todos
la directora Dunnley-Wendt. Llena de energía
y con una eterna sonrisa en el rostro, la coreógrafa
inglesa no sólo marca movimientos, intenciones
y tonos a cada actor y a cada bailarín, sino
que contagia fuerza y buen ánimo, algo fundamental
para pasar bien las largas horas de trabajo.
Más
allá del trabajo, de la dedicación y
de los millones que están en juego (el vestuario
solo está valuado en un millón y medio
de dólares) ése parece ser el gran secreto
de todo: que los actores disfruten su trabajo para
que, luego, el que disfrute sea uno desde su cómoda
butaca.
ø
Fuente: LA NACIÓN por Verónica
Pagés
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