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muñecos
que siempre había un momento en que el títere
dejaba de obedecer a la mano que lo conducía
para cobrar vida propia e imponerse, incluso, al propio
titiritero. Ariel Bufano, discípulo dilecto
de Villafañe, nos contaba en sus clases del
Teatro Labardén, en la vieja casona de Garay
y Solís, que el títere emociona porque
el público no espera que un muñeco lo
conmueva. Y cuando el titiritero ama a su títere,
cuando lo conoce de verdad, cuando el personaje no
está animado únicamente por una mano
diestra sino que es el alma del titiritero y su cuerpo
lo que lo conduce, la interacción es tan potente
que ya no se distingue entre uno y otro.
Es
probable que la primera escuela de Javier Villafañe
haya sido la de las representaciones del teatro de
marionetas que actuaba en el Jardín Zoológico
de Buenos y que durante treinta años dirigió
Dante Verzura. En aquellas funciones desfilaban el
Fausto y Margarita, de Goethe, como así también
criaturas nacidas de las plumas de Andersen, Grimm
y Perrault. Pero el impacto más fuerte, el
mismo Villafañe lo contó en varias oportunidades,
fue encontrarse con el grupo de títeres de
la Boca, animados por Don Bastián de Terranova
y su mujer, Carolina Ligotti, ambos descendientes
de una familia que cultivaba el arte de las marionetas.
Para
el joven Javier la suerte estaba echada. Instaló
su primera carreta en un baldío del barrio
de Belgrano y en la preparación del teatro
ambulante, en los decorados, pinturas y muñecos
intervinieron Emilio Pettoruti, Horacio Butler, Raúl
Soldi, Héctor Basaldúa y Líber
Fridman. En 1935 debutó el teatro ambulante
de marionetas La Andariega. El escenario era la parte
trasera de la carreta y la iluminación la daban
los faroles de querosén colgados de las ramas
de los árboles. Javier tenía 26 años
y ya escribía cuentos infantiles, textos poblados
por animales, fantasmas, niños y títeres.
Cuentos que hoy resultan deliciosos, como los reunidos
en Los sueños del sapo (Hachette), Historias
de pájaros (Emecé), Circulen, caballeros,
circulen (Hachette), Cuentos y títeres (Colihue),
El caballo celoso (Espasa-Calpe), El hombre que quería
adivinarle la edad al diablo (Sudamericana), El Gallo
Pinto (Hachette) y Maese Trotamundos por el camino
de Don Quijote (Seix Barral). Al leer muchos de ellos,
el lector tiene la sensación de verosimilitud
que imponen las historias fantásticas cuando
están bien narradas. Ocurre que para Javier
Villafañe el títere era todo menos un
objeto inanimado. ...l les hacía preguntas
a sus títeres y tenía la certeza de
que había eco en ellos. Una vez sostuvo que
cada títere no puede dejar de ser el personaje
que es y que él los espiaba adentro de la maleta.
Habló de María y Juan, dos títeres
enamorados, y añadió que él estaba
seguro de que un día los pescaría haciendo
el amor. Para Villafañe el títere era
la vida misma. El compromiso con su trabajo era total
y así lo transmitía. Por eso fue el
maestro de toda una generación. A tal punto
creía en sus muñecos que una vez le
escribió una carta a Alfredo Palacios para
recriminarle haber insultado a un conservador llamándolo
títere. En esa carta le decía al dirigente
socialista que no se podía utilizar la palabra
títere como una expresión peyorativa,
denigrante, porque significaba lo contrario: dignidad,
y que comparar a un títere con un hombre iba
en beneficio del hombre.
"¡Público!
¡No te asustes, público! Verás
a un fantasma que ríe y camina como el más
auténtico de los fantasmas y habla la difícil
y enmarañada lengua de la fantasmería."
Las frases cambiaban, pero el Maese Trotamundos fue
el gran compañero de Javier. No ocurrió
lo mismo con los caballos que arrastraban el carromato,
primero fue Guincha y le siguieron Miserias, Firme,
Conde y más tarde fue la yegua Mariposa quien
tiró de ese carro que le servía de vivienda,
escritorio y, por supuesto, de teatro de títeres.
Y si bien los primeros destinos de La Andariega fueron
los pueblos de la provincia de Buenos Aires, Luján
el primero, pronto sus emblemáticos títeres
conocerían los caminos de Venezuela, Bolivia,
Perú, Ecuador y Colombia. Y más tarde,
la ex Unión Soviética, Alemania, Bélgica,
Suecia, Finlandia y España. Quizá cuando
compartió la mesa en Buenos Aires con Federico
García Lorca, empezó a planear una de
sus aventuras más singulares: la de seguir
las huellas del Rocinante de Don Quijote a lo largo
de la Mancha. Y así, en plazas, atrios de iglesias,
escuelas y calles, el Maese Trotamundos presentaba
a su compañía proveniente de lugares
remotos. Ya en aquella época Javier Villafañe
enseñaba que vagabundo es el que va por los
caminos, una especie de sabio que recorre el mundo,
no huyendo de sí mismo sino encontrándose
con los otros sin planes previos, buscando por medio
de la magia del arte y de los muñecos crear
puentes con el público desconocido y abrir
siempre ventanas a la imaginación. Puede ser
la historia del caballo que perdió la cola
o los sueños del pobre sapo que vive solo cerca
de la laguna, pero narrada por Javier la historia
crecía de manera imprevista. De la misma forma
sus muñecos salían de los límites
del escenario para vivir en la fascinación
que ejercían en niños y adultos. Su
arte era siempre vivo, un acontecimiento que después
de su muerte, el 1° de abril de 1996, sólo
podemos transmitir de boca en boca. Porque la belleza
poética de sus puestas en escena no provenía
sólo de quien conoce su oficio. Javier tenía
el don del talento. O tal vez el talento era del gran
Maese Trotamundos que, como Don Quijote, recorría
los caminos sobre la misma montura.
El
arte de los titiriteros es muy antiguo. Y Javier Villafañe
estudió los derroteros de la profesión.
Supo combinar distintas técnicas e incluso
mostró un notable conocimiento de la historia
del género. Los títeres que se encontraron
en la antigua Grecia formaban parte de las compañías
que se presentaban en las moradas aristocráticas
de Atenas. Así los describe Aristóteles:
El
Soberano dueño del Universo no tiene necesidad
de numerosos ministros, ni de resortes para dirigir
todas las partes de su inmenso imperio. Le basta un
acto de su voluntad: de la misma manera, esos que
manejan los títeres no tienen más que
tirar de un hilo, para poner en movimiento la cabeza
o la mano de esos pequeños seres, después
sus hombros, sus ojos, y algunas veces todas las partes
de su persona, que obedecen pronto con gracia y medida.
Es
evidente que los títeres han tenido un lugar
central en la historia del teatro. Creadores como
Javier Villafañe o Ariel Bufano exploraron
a fondo las diversas posibilidades que ofrece el arte
de las marionetas. El Grupo de Titiriteros del Teatro
San Martín es un ejemplo de rigor profesional,
excelencia y riesgo estético. Los títeres
ya no excluyen a los adultos. Máscaras, piolines
y objetos se integran en diversas puestas en escena.
Un conjunto como El Periférico de Objetos indagó
con admirables resultados en las relaciones entre
los títeres, los actores y el público.
Directores como Eva Halac, Emilio García Whebi
y Juan Carlos Gené, entre muchos otros, advirtieron
que el títere se mueve entre el juguete y la
escultura, puede parecer inocente e inofensivo, pero
también aterrador y siniestro.
En
la puesta en escena de La sombra de Federico , la
obra de Eduardo Rovner y César Oliva que se
presenta en estos días en el teatro San Martín,
los títeres se incorporan de manera fluida.
El texto convoca fantasmas de contornos difusos. A
García Lorca lo mataron por poeta y por homosexual,
dos cosas que ninguna dictadura tolera. Para dar vida
a ese universo enrarecido resultaron indispensables
los títeres que Adelaida Mangani imaginó
en el espacio escénico. Porque el muñeco
no sólo representa, como lo hace el actor,
sino que al tratarse de un elemento de las artes plásticas,
su contundencia es todavía mayor. Los muñecos
son el personaje, no lo construyen.
Una
mirada sobre los espectáculos y los nombres
citados muestra que todos los titiriteros tienen algo
de Villafañe. De manera sutil, su presencia
sigue iluminando la cartelera porteña.
Ahora
bien, si alguien cree que los títeres son inofensivos
se equivoca. Si fueran inocuos, Javier Villafañe
no habría marchado al exilio en 1967, después
de que la dictadura de turno prohibió Don Juan
el zorro . El forzoso alejamiento del país
fue una suerte para los venezolanos, ya que en su
nuevo destino, Villafañe no sólo fundó
un taller de títeres del que salieron no pocos
profesionales, sino que además, fiel a su estilo,
recorrió los caminos de Venezuela con otro
de sus carromatos.
La
estética de Villafañe mezcla y combina
diversas disciplinas. No es casual que La Andariega
haya nacido junto con un artista plástico:
Liberto Fridman. En el programa del jueves 24 de junio
de 1937, la función se anunciaba así:
"Los títeres de La Andariega, a cargo
del escritor Javier Villafañe y del pintor
Liberto Fridman".
La
Andariega seguía un trayecto caprichoso. No
era en absoluto ordenada, no seguía un plan
trazado. La Andariega iba a los pueblos que sus caballos
elegían y éstos, a decir de Javier,
nunca se equivocaron. "Nuestros destinos estaban
en sus manos, siempre eligieron la mejor ruta. Nunca
teníamos duda de ello." Esta filosofía
de la vida habla de la importancia del azar, del dejarse
llevar en el camino. De no buscar las cosas, sino
esperar que las cosas salgan al encuentro naturalmente.
No son temas menores cuando se habla de teatro. Javier
Villafañe recolectaba leyendas populares e
impulsaba a los niños a que dibujaran durante
y una vez concluida la función. Todo eso nutría
sus espectáculos.
Los
andariegos fabricaban sus propios títeres,
telones y escenarios. Javier, además de titiritero,
escribía cuentos y teatro para títeres
y recopilaba historias contadas por los chicos así
como sus dibujos, aquellos que luego ilustrarían
sus cuentos. Los niños y los títeres,
además de sus viejos amigos los paisajes, fueron
sus temas, tal como atestiguan sus cuadernos de viajes
y catálogos de la época.
Con
el tiempo, lejos de hacerse viejo, Javier se hizo
sabio. Nunca soportó rutinas ni aceptó
ideas que no surgieran de los intereses del arte.
A su velorio, seguramente, concurrieron todos sus
muñecos. En "El anciano viajero"
escribió: "Toda mi vida fue buscar el
lugar donde quería morir. Aún sigo viajando".
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Fuente: LA NACIÓN - POR OSVALDO
QUIROGA
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