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Los
niños ansían ser como los adultos.
Por eso nos imitan, especialmente a nosotros,
sus padres, que somos las figuras que más
les atraemos. Tanto ellos como ellas quieren
parecerse a papá, o a mamá, o
a los dos. Así, entre otras muchas cosas,
van descubriendo su propio sexo e identificándose
con él.
Los niños imitan porque lo necesitan.
Para ellos no es un juego, sino un modo de aprender
(es el "aprendizaje por observación").
El hecho de imitar cobra una enorme importancia
en la evolución de los pequeños.
Y es que los niños, cuando imitan...
o Aprenden a comunicarse
y a contactar con los demás.
o Ensayan diferentes
modos de solventar sus problemas y dificultades.
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o
Se
entrenan en nuevas metas (enjabonarse, comer con cuchara...).
o Se acercan más
a la realidad.
o Se interesan por los
que les rodean y por sus actividades.
o Se conocen más
a sí mismos: sus limitaciones, su capacidad
para emprender y afrontar tareas nuevas...
¡0jo!
copian todo lo que ven, hasta lo peligroso.
Los niños lo imitan todo, incluso lo que puede
resultar peligroso para ellos. Por eso debemos estar
muy atentos para no realizar en su presencia actividades
que pueden ser peligrosas si ellos se deciden a imitarlas,
tales como tender la ropa por la ventana, utilizar
mecheros, subirnos a una silla para conseguir algo
que está elevado...
Por supuesto, además de ser precavidos delante
de nuestros hijos, podemos aprovechar su enorme interés
por imitarnos para practicar con ellos algunos juegos
que, además de entretenerles, favorecen su
desarrollo:
o Por ejemplo, podemos jugar carreras y saltar con
ellos en el pasillo de casa. Así mejoran su
evolución psicomotora.
o También les gusta mucho colorear sus cuadernos
y cuentos para pintar. Con esta actividad perfeccionan
su habilidad manual y aprenden los colores.
o Otra idea acertada es vestirnos en su presencia,
mientras les vamos explicando cómo nos colocamos
cada prenda. Observándonos y escuchándonos
van aprendiendo a vestirse.
Nosotros
somos sus modelos de identidad
La manera de imitar de los niños
puede ser directa o indirecta. Es directa cuando copian
nuestras acciones sin más (ponen el vaso en
la mesa porque observan que lo hacemos nosotros, se
peinan mientras nos ven hacerlo...), y es indirecta
cuando los pequeños, jugando con sus muñecos,
representan escenas y acontecimientos de su vida cotidiana
que les sirven para ensayar actitudes y habilidades:
sientan al osito encima de su pelela, le dicen no
con el dedo para que no juegue con el video, lo visten
(o al menos lo intentan) antes de sacarlo a la calle
de paseo...
Hasta aproximadamente los 18 meses los niños
sólo imitan nuestras acciones, pero desde entonces
se inician en lo que los psicólogos denominan
"juego dramático", un período
en el que, además de nuestros actos, copian
también nuestras actitudes ante la vida: si
nos tomamos las cosas con humor, si somos generosos,
emprendedores y amables, si nos sobrepasan las situaciones
o sabemos controlarlas... Por ello, a partir de este
momento, además de enseñarles actividades
que fomenten su autonomía (lavarse las manos,
comer sin ponerse perdidos...), debemos mostrarles
modelos positivos de personalidad, que les conviertan
en niños afables, generosos, comunicativos...
Sólo así podrán establecer relaciones
íntimas y duraderas con los que le rodean y
convivir felizmente en sociedad.
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