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investigadores indagaron la sociabilidad de los hijos únicos, escrutando los índices de popularidad entre sus pares. Según el estudio, los adolescentes no presentaron menores niveles de aceptación y popularidad: no fue posible establecer diferencias en cuanto a las relaciones con sus pares.
Otro estudio coordinado por Douglas en 2004 había hallado que en preescolar los hijos únicos presentaban dificultades en las relaciones interpersonales. Sin embargo, en indagaciones más recientes, entre niños que cursaban la escuela primaria hallaron que, aunque en los primeros años de vida existan diferencias entre los hijos únicos y los hijos de familias con más hijos en cuanto a las dificultades para estar con otros, esas diferencias se diluyen con el paso del tiempo, en la medida en que aprenden a compartir en la escuela y en otros ámbitos lo que no comparten en la casa.
La influencia de las relaciones fraternas es innegable. Sin embargo, el mundo social no se circunscribe a los lazos biológicos y los chicos que crecen como hijos únicos encuentran hermanos sustitutos que los acompañan en su proceso de socialización en amigos, vecinos, primos o compañeros. El mundo exterior, por fuera de los límites familiares, descomprime un clima familiar sofocante, que espera y exige demasiado del hijo único.
"Los vínculos familiares no están soldados a los vínculos de sangre", dice Graciela Saladino, profesora de Psicología Evolutiva II de la Universidad de Buenos Aires. Hoy no existe un modelo único de familia, y las funciones tradicionales pueden ser corporizadas por múltiples figuras. El comportamiento no está marcado por la cantidad de hermanos, sino por los valores que cada familia promueve.
"A compartir se enseña -ejemplifica la psicóloga-. Hay padres que enseñan a querer al prójimo y a vincularse con el exterior, y otros que, por el contrario, generan vínculos cerrados que no son saludables para ningún niño. Aunque no tenga hermanos de sangre, es fundamental que el niño sepa que hay otros, que no es único.
Abrirse al mundo y a la presencia de los demás es una condición de desarrollo saludable para todos, que, en el caso de las familias con hijos únicos, se intensifica. Una vía que facilita esta integración es "crearles necesidades intelectuales en contacto con otros, para que no sean unos tontos sentados frente a la computadora o la TV porque, en ese caso, sí se aíslan", propone Cristina Sabin, psicóloga y madre de un hijo único.
"También es necesario decir que no cuando corresponde, no acceder al deseo constante de un chico que se siente el centro del mundo". Romper esta ilusión narcisista es, justamente, lo que permite desarticular la caracterización del hijo único como un déspota, ególatra e individualista, que responde a la descripción de quien es incapaz de hacer del otro un semejante y vive como si los demás fuesen invisibles.
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Fuente: LA NACIÓN |