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que
unen todos esos lugares. Esas calles conectan los
diferentes destinos posibles. Habrá algunas
rutas que serán más transitadas que
otras (hablar, pensar, recordar, escribir, dibujar)
y habrá otras tantas que estarán a la
espera de ser recorridas. Pasados los primeros 5 o
6 años, algunas rutas que nunca fueron transitadas
se obstruyen y otras desaparecen.
La
primera infancia entonces, es el tiempo de brindar
la mayor cantidad de caminos (estímulos) posibles
para establecer conexiones que hagan más grande
y florecido este barrio (que es el cerebro). No alcanza
con una visita. Es en la repetición, en la
práctica y el ejercicio donde se asienta la
experiencia.
Los
estímulos son mucho más que los juguetes
o las actividades lúdico-intelectuales; cuando
hablamos de estímulos hablamos de cuidado,
de empatía, de hacer sentir bien al otro, de
responder al llanto, de ser previsibles y poder anticipar,
hablamos también de buena nutrición,
de contacto físico, de respetar los sentimientos,
de acompañar las diferentes etapas evolutivas
y de dejarse sorprender. Jugar es tan necesario para
nuestros hijos como dormir y comer.
En
situaciones de extrema pobreza, de dolor por guerras
y muerte....siempre hay un niño jugando. La
infancia es tiempo de jugar, de explorar y experimentar.
Como adultos observamos, acompañamos y estamos
disponibles para nuestros niños en este proceso
intenso que implica descubrir el mundo.
¿A
qué nos referimos cuando hablamos de disponibilidad?
Cuidar a un bebe y cuidar al vínculo que establecemos
con él, es respetarlo, es escucharlo, es responder
a sus demandas que aunque la cultura las tilde de
manipulación con connotación negativa.
Las señales subjetivas que un bebé expresa
son SIEMPRE a atender. Son subjetivas porque no hay
dos niños que se calmen de la misma manera,
que coman igual, que lloren igual.
Los
bebés mal-criados no son aquellos
bebés escuchados, sostenidos en brazos, mimados,
calmados y básicamente, contentos. ¡Qué
bueno que alguien se acostumbre a no dudar de que
la/s personas que lo cuidan están disponibles
para él cuando los necesita! Esta experiencia
de seguridad es fundamental para el fortalecimiento
yoico de un sujeto en constitución.
Cuando
un bebé llora está comunicando una necesidad;
jamás lo hace para molestarnos o fastidiarnos.
¿Hay recetas para el consuelo? No. Hay ensayo
y error, pero lo que nunca debería fallar es
la capacidad que tiene el adulto padre, madre, cuidador,
de responder a ese sujeto que clama por algo. Su
majestad el bebé tiene la palabra (aunque
todavía no las sepa decir).
Madres
y padres de niños pequeños llegan a
las entrevistas muchas veces devastados y desorientados
frente a lo que ellos autodenominan un caos
familiar. Ocurre que muchas veces hay una gran
falla en la información respecto a los bebés
y a la primera infancia. Tanto el hecho de convertirse
en padres como la crianza, implican un proceso. Es
los sucesivos encuentros que las manos se convertirán
en caricia y los ojos en miradas. Y aprender que nutrir
es mucho más que alimentar y que para mirar
no bastan los ojos es algo a aprender. Demanda tiempo
y paciencia. La entrega es así: a puro cuerpo
y sorpresa.
Creer
que todo es igual para todos es tranquilizador pero
también frustrante. Las comparaciones, los
hijos de los otros, los padres de otros hijos....
Si bien muchas veces es muy bueno ver reflejadas problemáticas
cotidianas entre pares, también se corre el
riesgo de quedar atrapado en una fantasía de
bienestar o displacer que muchas veces obstaculiza
centrarse en lo propio. Si un bebé llora mucho,
de nada sirve (ni a él ni a nosotros como padres)
encantarnos con el reflejo deslumbrante de aquel otro
que no llora y es tranquilísimo.
Encontrarse
con los hijos que uno tiene es encontrarse con uno
mismo -con lo mejor y lo peor-, con esto que ellos
provocan en nosotros que es tan único, tan
visceral, inexplicable y que tiene sus raíces
genealógicas en aquellos que fuimos nosotros
mismos alguna vez y en quienes desempeñaron
la tarea de ser nuestros padres.
La
crianza además tiene este doble atributo de
lo compartido y lo íntimo; naturaleza y cultura
se unen para dar origen a estos nichos de desarrollo
que como bien definen Sara Harkness y Charles Super
es aquel que incluye el ambiente físico
y social de la vida del niño, las costumbres
culturales con las que es criado y la psicología
de quien lo atiende, lo cual constituye, desde luego
el embudo por el que todos los niños humanos
dependientes reciben una pequeña visión
del mundo.
Esta
lente me permite estudiar así la crianza y
a sus actores; siempre en términos singulares
pero moviéndose en un tramado cultural que
los envuelve y refleja así un estilo.
La
experiencia, sabia consejera, enseña que así
como en las manifestaciones artísticas más
elaboradas, los estilos de crianza también
tienen un encuadre cultural que acompaña a
los padres en cada ceremonia cotidiana.
ø
POR LIC. MARCELA AIDENBAUM / PSICÓLOGA
ESPECIALISTA EN PRIMERA INFANCIA Y CRIANZA
DOCENTE DEL PRIMER PROGRAMA ARGENTINO DE FORMACIÓN
EN PRIMERA INFANCIA Y CRIANZA
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