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estos dos extremos - más que en una oposición
- en una misma línea.
¿Qué
es lo que pide, lo que demanda, muchas veces, un niño
a sus padres? Un límite, una delimitación.
Este límite es un "no", una palabra,
una prohibición, con la modalidad que cada
padre encuentre para cada momento, en tanto y en cuanto
este límite sea sancionado con un registro
de palabra, es decir, sea tanto una palabra como un
gesto sostenido en una palabra. Golpear a un niño
nunca sirvió más que para sostener -
le duela a quien le duela - la impotencia de un padre,
en tanto que no puede encontrar y sostener el peso
y el valor de una palabra. El acceso al cuerpo de
un niño, acceso invasivo, tiene serias consecuencias.
El valor que ese niño pudiera darle a las palabras
es puesto en cuestión, en detrimento, con relación
a un golpe - "chirlo", "cachetazo"
o el nombre que porte este tipo de violencia -.
Si
sostenemos que un padre que golpea está en
la misma línea que un padre "indiferente"
a las acciones de su hijo, es porque un acto de violencia
no se circunscribe al hecho del golpe. En notas anteriores
hemos dicho que como seres humanos, sujetos hablantes,
vivimos en un mundo de palabras, accedemos a un mundo
mediados por la palabra. La palabra en sí es
el límite de nuestro mundo, hasta la fórmula
más abstracta de las matemáticas debe
ser puesta en palabras para poder ser transmitida.
Una pregunta posible sería ¿a dónde
arribamos cuando la palabra ha perdido su valor, cuando
nos callamos?
Un padre siempre es convocado por su hijo a ocupar
su lugar de padre. Este llamado a ocupar su lugar
tiene tantos modos como niños y padres hay
en el mundo. Si bien el modo de este llamado conlleva
la particularidad de cada niño, está
determinado por el bagaje simbólico que le
aportaron sus padres. Es un error grosero que guió
nefastos pensamientos a lo largo de la historia creer
que el bagaje simbólico de una persona está
únicamente establecido por los estudios cursados,
el lugar donde vivía, etc. Podría decirse
que dicho bagaje depende de lo que cada sujeto haga
con lo que le ha tocado en suerte, haga uso de sus
recursos - pocos o muchos, de poco importa - los utilice,
los ponga a funcionar.
Cuando un niño tiene problemas en su colegio,
con sus amigos, en el club, etc., la pregunta suele
recaer sobre ese niño, paradójicamente
no sobre el padre. En psicoanálisis, cuando
hablamos de padre, de madre, hablamos de lugares.
Un lugar puede ser encarnado, ocupado, en diferentes
momentos, por diferentes personas, pero deben ser
ocupados. Es un llamado, una convocatoria dirigida
al padre para que ocupe su lugar. Sostener dicho lugar
implica escuchar qué tiene para decir ese hijo.
Ese decir va entre comillas, porque muchas veces un
niño dice con sus juegos, sus silencios, sus
acciones, pero fundamentalmente con sus tiempos. Sabemos
que no hay recetas, no hay manuales. Será un
saber hacer para cada momento y para cada sujeto,
y escuchar qué está diciendo, preguntando,
ese niño, no implica tener siempre una respuesta.
Sostener esa pregunta, devolvérsela al niño,
elaborarla, es ocupar el lugar al que se es convocado,
lugar con el cual cada sujeto se comprometió,
se implicó - y todos los sinónimos que
estas palabras arrastran - cuando decidió ser
padre.
Comenzamos esta nota ubicando en una misma línea
dos formas de violencia, una más explícita
- los golpes - y otra más velada - la indiferencia
-. Si bien existe un exceso en ambas, los chirlos,
más aceptados socialmente, conllevan la peor
parte en este tema. ¿Qué está
callando ese padre con un sopapo? ¿Qué
no está escuchando? ¿Por qué
el castigo recae sobre el cuerpo? ¿Qué
vacío de palabra llena un golpe? También
la indiferencia de los padres, esa suerte de "dejar
hacer" a los hijos casi cualquier cosa, comporta
violencia. Es esperable que un chico tantee y ponga
en juego los límites, y es porque los límites
no están dados naturalmente, deben ser marcados,
sostenidos, es uno de los trabajos y responsabilidades
de los padres. Y muchas veces es buscada la sanción,
en tanto castigo - reto, penitencia a cumplir - y
en tanto orden. Esa es la principal función
de la sanción, establecer o reestablecer un
orden, una ley, una norma. Dejar librado a un niño
en un mundo caótico, sin normas, también
es un acto de violencia.
Cuando decimos que no hay recetas para ser padres,
que ser padre no implica tener una respuesta siempre,
estamos sosteniendo que no hay padres ideales, perfectos
- y cuando algo de esto aparece, son, por mucho, los
peores padres -. Un lugar paterno, un lugar materno,
es siempre ocupado por un sujeto, un sujeto con dudas,
problemas, creencias, verdades.
Hablamos de dos formas de violencia sobre un niño,
y no hace falta mencionar que hay más. La violencia
que un adulto ejerce sobre un niño surge todas
y cada una de las veces en las que "olvida"
que frente a sí tiene a un pequeño sujeto,
y lo confunde con una cosa. Es en eso en lo que lo
transforma cuando anula su decir.
AUTORES:
VERÓNICA LEDER, MARTÍN BAAMONDE - LIC.
EN PSICOLOGÍA (U.B.A.)
http://psiuba.blogspot.com/
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