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Aclaremos
que es esperable que todo sujeto atraviese un período
fóbico en algún momento de su niñez.
Éste puede pasar más o menos desapercibido
para el adulto, lo cual no quiere decir que no esté
allí; es parte inherente y propio de lo infantil.
Sin embargo debemos tener en cuenta,
dos factores importantes: duración e intensidad.
Es decir, por un lado, este período debería
sucumbir, sin prolongarse en el tiempo; por el otro,
estos temores no deberían invadir la totalidad
de los espacios propios de cada niño. Por ejemplo,
el pequeño sujeto puede necesitar de una tenue
luz para dormir, puede manifestar ciertos miedos asociados
a la hora de ir a la cama, necesitar de la presencia
de los adultos "más que antes", demandar
más atención, etc. pero, es un momento
particular, determinado y específico del día.
Diferente es que todo su día se encuentre
girando alrededor de este temor y que se la pase haciendo
actividades y rituales para evitarlo; que no pueda
jugar, que esté angustiado, que esté
triste, que no pueda conectarse con diferentes actividades,
con amiguitos, etc. Sólo cuando es esto lo
que aparenta ocurrir, amerita la consulta. Dado que
quizás, ya no se trate de una fase "normal"
del crecimiento, sino que sea la expresión
de algo que está fallando, y, por lo
tanto, aparecen estos "signos" como respuesta
y puesta en escena de lo que no funciona en otro lado.
En un tratamiento infantil, no se tratará de
hacer desaparecer estos indicadores, sino hasta saber
sobre su causa; la cual, sino en todos, en la mayoría
de los casos, no estará desconectada de los
papás y del grupo familiar, en general, del
pequeño. Mediante el trabajo en entrevistas
con los papás o quienes ocupen este lugar para
el niño - tarea frecuente en cualquier tratamiento
serio de niños - y la posibilidad de rectificación
de aquello que sea necesario, estos síntomas
cesarán de intentar decir aquello que no
funciona. Por lo tanto, queda claro que la labor
analítica con un niño, implica a sus
padres de una manera determinante. A un hijo no le
puede pasar nada, con lo que sus papás no tengan
que ver, de algún modo. Esto no le quita responsabilidad
al niño, sino que agrega e introduce, la absoluta
responsabilidad del adulto sobre su vida.
Un
factor a tener en cuenta es la edad del nene sobre
el cual aparece la intención de consultar.
El término "niñez" abarca
muchos años, y no es lo mismo un niño
de siete años, que uno de doce. A un casi adolescente
se le puede ofertar el espacio, como posibilidad y
no como imposición. Lo cual no es poco. Creemos
que es una posición responsable por parte de
los padres el darle la opción de un lugar donde
poder hablar, o trabajar sobre alguna cuestión,
pero teniendo en cuenta y respetando que la respuesta
pueda ser un "no". A no ser que cierta gravedad
en los emergentes amerite lo contrario, cabe respetar
esta negativa, porque estaría potenciando una
posterior consulta, cuando sea el momento para ese
niño o adolescente, sin clausurar la oferta
por la imposición misma. Es necesario saber
respetar los tiempos del sujeto, tenga la edad que
tenga.
Otra
posibilidad - aunque son muy pocos los casos - es
que sea el niño el que pide la consulta, por
supuesto con las palabras y los modos propios de la
infancia. Estos son los casos en los que, claramente,
la consulta está más que habilitada.
Incluso, hay que tener en cuenta que, como en el adulto,
el encuentro con ese analista puede no funcionar,
lo que no anula la posibilidad de una nueva consulta
con un otro analista, teniendo en cuenta que se trata
de un lazo que puede armarse con unos y no necesariamente
con otros. Con alguno, pero no con todos.
Por
otra parte, existen toda otra serie de cuadros y manifestaciones
que no tienen nada que ver con estas presentaciones
antedichas, sino que son indicadores de otra índole,
difieren en gravedad y en el modo de expresarse, tienen
mucho mayor compromiso corporal, momentos de mucha
confusión y desorganización, violencia
desmedida; pero, sobre todo, el panorama está
teñido de escenas absolutamente bizarras que
ameritan una rápida consulta.
Estamos
más habituados, en nuestra experiencia como
psicoanalistas, a recibir las demandas a partir de
observaciones que hace el colegio. Dejemos en claro
que no es el colegio, el que debería
cargar con la responsabilidad absoluta, a la hora
de indicar un tratamiento. Si bien es cierto que el
colegio es un campo propicio para la emergencia de
aquello que no funciona. Dejemos en claro que generalmente
no es en el colegio donde la cosa no funciona, sino
que la mayoría de las veces es allí
donde encuentra el lugar para expresarse
Es necesario romper con ciertos estigmas de que únicamente
es el "niño problema" - o sus derivados
- el que amerita una consulta, y estar atentos a lo
que nuestros hijos hacen y dicen, aunque para esto
cada niño use su propio idioma y particular
modalidad.
Tratemos de convertirnos en adultos que destrabemos
el camino de aquellos de quienes somos responsables.
Preguntémonos siempre qué tenemos que
ver nosotros con eso que decimos que les está
pasando.
Seamos permeables y estemos abiertos, incluso, a descubrir
la opción de ser quizás nosotros,
y no siempre ellos, los que necesitamos un
tratamiento
AUTORES:
VERÓNICA LEDER, MARTÍN BAAMONDE - LIC.
EN PSICOLOGÍA (U.B.A.)
http://psiuba.blogspot.com/
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