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Su
boletín está dentro de los mejorcitos
de la clase. No se le conocen problemas de conducta.
Va a natación, estudia guitarra y es
un as en computación.
¿El chico/chica perfecto? Algo así.
Y toda la familia festeja, orgullosa.
Hasta que de la noche a la mañana, antes
del próximo examen o de la clase que
ha preparado con tanta dedicación, sucede
lo imprevisto: súbitamente la fiebre
trepa hasta los 40°, siente náuseas,
dolor abdominal, mareos. Faltará a la
escuela y la situación se repetirá,
de ahora en más, cada vez que deba demostrar
ese rendimiento especial que siempre se espera
de ella o de él.
"Sí, esta clase de chicos llega
a menudo a consulta -explica la licenciada Stella
Maris Gulian, psicóloga especialista
en niños del staff del Centro Dos, reconocida
institución psicoanalítica porteña
que atiende a más de 3000 pacientes-.
Son chicos con autoexigencias que preocupan.
No toleran sacarse un 8, si no son abanderados
sienten que fallaron y, en general, reaccionan
con
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llanto
o desesperación frente a estas situaciones...
Expresan una angustia masiva cada vez que encuentran
una pequeña "manchita" en su rendimiento."
Para Cristina Calcagnini, psicoanalista de la Escuela
Freudiana de Buenos Aires, docente del posgrado en
Clínica con Niños y supervisora del
Centro Dos, "si bien cada caso es individual,
hay varias hipótesis -afirma-. Es muy probable
que, sin que esto implique un trasfondo familiar caótico,
ese chico tan autoexigente tenga miedo a no responder
al ideal que han forjado sus padres.. Por eso no siempre
es imprescindible la intervención terapéutica:
cuando los papás escuchan un poco más
a sus hijos, es posible que esa autoexigencia ceda."
Stella Maris Gulian agrega que estos niños
son también la expresión de un mundo
centrado cada vez en el rendimiento y la competencia.
"Sus agendas parecen ya complicarse desde muy
pequeños", sostienen las psicólogas
chilenas Cecilia Araya y Sofía Lecaros en un
artículo de diario trasandino El Mercurio.
"Hace algunas años -dicen- se esperaba
que hubieran aprendido a leer y a escribir al cabo
de cursar primer grado, pero ahora la lectoescritura
es un objetivo en el jardín de infantes."
Expulsados
del paraíso
¿Por qué motivo puede un chico renunciar
a jugar o a divertirse y en su lugar encerrarse a
estudiar durante horas o entrenar un deporte sin descanso
soñando ser el primero?
"Por varias razones -explica Stella Maris Gulian-.
Algunas, porque los padres no toleran un niño
con fallas: el hijo tiene que ser perfecto. Otras,
porque esos chicos tal vez tienen que resarcir a los
padres de algo que sienten que no pudieron. Y también
puede pasar que se impongan «ser perfectos»
para no causar problemas a los papás. Tal vez
traer un buen boletín puede ser una forma de
sacar a la madre de una depresión. Parece que
para el chico a veces hay una sola opción:
para ser amado hay ser perfecto. Si no, será
expulsado del paraíso.
Los chicos muy autoexigentes suelen alimentar una
rueda de la que son víctimas: todos esperan
mucho de ellos. "Y ellos responden sobreadaptándose
-reflexiona Calcagnini-. Es que tienen recursos para
ir enmascarando lo que les pasa: se las arreglan solos
y por eso a menudo su problemática no llega
a la escucha de los padres. Entonces es así
cuando puede aparecer el síntoma físico."
Permiso
para fallar
Para la licenciada Silvia Tomas, docente de Posgrado
Psicoanalítico en clínica de la niñez
y la adolescencia del Centro Dos, afirma que "estos
chicos, los que se toman la escuela con gran exigencia
o que se desesperan, enojan o entristecen ante cualquier
pequeña dificultad, no conciben la posibilidad
de error. El error no es posible ni es tolerado. El
problema es que esta sobreexigencia puede ser vista
como una virtud por los padres. Sin embargo, esta
mirada paterna niega el padecimiento de estos chicos,
al hacerles sentir que jamás llegarán
a ningún objetivo porque los buenos resultados
nunca serán suficientes".
La licenciada Calcagnini añade que, en el futuro,
la problemática de la autoexigencia puede dar
lugar también a patologías vinculadas
con la obsesión por la figura física
y los trastornos alimentarios. "Así como
ese chico fue capaz de dejar de lado su deseo, que
era salir a jugar para ponerse a estudiar y sacar
la mejor nota -reflexiona- también puede imponerse
la abstinencia de la ingesta, porque dejar de comer
requiere de un control y un esfuerzo terribles¨.
"El bajo nivel de aceptación frente a
la frustración o el fracaso suelen ser conductas
aprendidas en la casa y por lo general tienen impacto
en la vida adulta: frente a lo inesperado, a lo que
no se puede controlar o a la mirada de los otros siempre
existe el riesgo de ser juzgado, y puede ocurrir que
ese chico, cuando adulto, evite caer en situaciones
que impliquen exposición", plantea Claudia
Ansaldi, terapeuta holística y acompañante
terapéutico.
"El problema no es solamente el miedo al fracaso
-añade la terapeuta- sino también miedo
al éxito, porque el éxito implica un
alto grado de exposición, y se trata de una
circunstancia que esta clase de chicos no siempre
puede sostener."
Ansaldi afirma además que esta problemática
infantil suele tener como correlato padres con demasiados
objetivos sobre los hijos "pero de objetivos
propios, es decir, de los padres, que quieren que
sus hijos sean esto o lo otro, y no observan las necesidades
de los chicos -advierte- El hijo comprende rápidamente
qué es lo que se espera de él y siente
que si no lo cumple no será visto con la misma
mirada paterna. Un aspecto fundamental por trabajar
en estas familias es aceptar que las personas también
«somos en el fracaso». Está muy
bien sacarse un diez. Pero también podemos
sacarnos un uno. Eso también es la vida. La
vida no siempre es un diez."
ø
Fuente: LA NACION
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