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jóvenes
dispuestos a entregar sus vidas a esa imagen que parecía
la de un renovado sueño hippie: artístico,
internacional, libertario, contracultural.
Pero
cuando todo eso sucedió, Chacovachi ya era
el rey del mambo. Toda su vida había trabajado
solo y en la calle, con su personalidad a prueba de
balas dentro y fuera de los shows. En Argentina, en
Colombia, en Cuba, en muchos países de Europa,
en Marruecos, dando vueltas con sus petates de colores
y sus humoradas que hacen reír pero también
provocan, incomodan, generan la empatía extraña
de los buscavidas, los que saben inventar latiguillos,
frases poderosas: reflexiones de un inconsciente demasiado
popular, demasiado hermoso, como para quedar condenado
a sólo existir en vivo.
¿Cómo
y cuándo decidiste ser payaso?
Nunca
pensé que iba a trabajar de artista, entre
comillas, porque siempre creí que los artistas
se morían de hambre. Yo vengo de una familia
italiana, todo el mundo laburaba, estaba bueno tener
un hobby pero había que encontrar algo para
subsistir. Estudié en la escuela argentina
de mimo Omar Viola, y toda esa gente era bárbara
pero no ganaba un mango, los tenías que ver
a las 3 de la mañana en el Parakultural, para
veinte personas. De casualidad, estudiando en esta
escuela, me tocó actuar en una plaza. Todavía
estaban los militares y pidieron a la escuela si algún
artista quería hacer algo. La cuestión
es que fui y se me abrió un mundo. Me cambió
toda la base, la plaza me dio todo lo que no me daba
lo que venía haciendo.
¿Qué?
La
libertad que buscaba, una libertad física,
psíquica y económica. Digo física,
porque me di cuenta en seguida de que el país
y el mundo estaban llenos de plazas, podía
trabajar donde quisiera. Yo trabajé en 20 países,
trabajé en Marruecos al lado de un encantador
de serpientes, por 3 dólares la pasada de gorra,
pero con 3 dólares vivía. Con 1 dólar
pagabas el hotel. Después la libertad psíquica,
porque vos no tenés que ser el mejor, no tenés
que cambiar todo el tiempo. Villafañe decía
eso: no tenés que cambiar de número,
tenés que cambiar de público. También
corría con la ventaja de que era una época
en la que era más importante lo que vos representabas
que lo que hacías. Representabas la libertad,
siendo un payaso callejero, porque veníamos
de donde veníamos. Hay algo que supuestamente
a los payasos nos molesta, que es esto de que hacemos
un arte menor. Para mí es al revés,
me gusta que sea un arte menor, porque no me obliga
a tener que ser un híper artista, con poder
generar esto que genera un payaso que es divertir,
asombrar, ya está. Si tenés suerte también
inspirar, provocar, pero eso ya en una segunda etapa.
Y después la libertad económica: no
dependés de nadie.
¿Qué
hacías en tus primeros espectáculos?
Me
acuerdo de que la primera vez que iba a actuar en
la calle me hice una listita de las cosas que sabía
hacer. Una rutina de mimo, la gallina, tres pelotitas
que me había enseñado mi abuelo, y con
eso intuitivamente encontré cómo entretener,
que es la base de los payasos. No hablaba, porque
venía de la escuela de mimo. Y cuando empecé
a hablar lo hacía en falsete; mi estereotipo
de payaso era ése, un tipo con una voz finita.
Pero no podía ser tonto, si eras tonto en la
calle, por más que fuera una época en
la que la gente valoraba, también era una época
que la gente no entendía que vos podías
trabajar en una plaza pública. Al principio
fue toda una experiencia hermosa con mucha inconciencia.
La cosa para mí funcionaba; el éxito
depende de las pretensiones, y las mías eran
ir a la plaza y poder sobrevivir. Y después
pasar la gorra, cuando me di cuenta de que podía
hacerlo fue una revolución. Porque era la única
forma de poder ganar dinero, entre comillas, sin laburar,
que sigue siendo lo que hago ahora.
¿Hubo
cosas que te marcaron, que te hicieron construir el
payaso que sos?
El
punto creo que fue llegar a Plaza Francia. Yo laburaba
en Parque Centenario, una plaza de la esquina de mi
casa. Un día voy al Centenario y no se podía
trabajar porque había un acto político,
y yo vivía de eso, entonces me fui a plaza
Francia por ese domingo, e hice el doble de dinero.
Además cambió el target de público
que me veía: era el público que iba
al Centro Cultural Recoleta, era un público
al que daba gusto criticar, desde mi lado. En la esquina
de mi casa la crítica casi no existía,
la gente era como yo... En cambio en Recoleta se generó
este payaso de ciudad grande que soy yo. No soy un
payaso de calle Florida, sino de plaza de sábados
y domingos, donde hay gente desprevenida y gente que
va a ver espectáculos, hay una mezcla de las
dos cosas. Llegar a plaza Francia me cambió
lo que era, empecé con la crítica, ser
un poquito más políticamente incorrecto,
trabajar más con la inteligencia.
¿Tu
familia estaba de acuerdo con que decidieras trabajar
en la calle?
Sucede
que yo fui soldado durante la guerra de las Malvinas,
no estuve en el frente peleando, pero fui soldado
y estuve acuartelado hasta que terminó la guerra,
y no fuimos porque el avión era chico, en fin,
vivimos un trauma con todo eso. Por eso, cuando terminó
la guerra tenía una especie de libertad en
mi familia porque ellos me dijeron que me iban a bancar
ese año. No tenía que salir a laburar
inmediatamente, pero yo empiezo a hacer esto y enseguida
empiezo a ganar dinero en la plaza. En mi familia
mi vieja es maestra, mi viejo empleado público,
una cantidad de dinero que aparecía de esa
manera era muy valorado. Nadie me podía decir
nada. Mi madre aceptó enseguida; con mi padre,
italiano, fue más difícil. Me acuerdo
la primera obra que hice, los invité a verla
y era una con Elizondo (el director de la Escuela
Argentina de Mimo), estábamos todos en pelotas
durante veinticinco minutos. Mi viejo me decía
Escúchame, traigo a tu mamá y
están todos en pelotas (risas). Era una
inconciencia muy grande llevar a mis viejos ahí.
¿Cómo
fuiste montando el espectáculo en la calle?
Y
yo a los 23 años ya era un profesional, vivía
de mi profesión. Me compré una bicicleta
de heladero para llevar las cosas, después
me compré un auto, porque así era más
fácil. Me acuerdo cómo me fui dando
cuenta de cómo era la producción de
un espectáculo, que es algo fundamental. Primero
me conseguí una escalera, porque me avivé
de que si me subía arriba, y decía lo
de la gorra arriba de la escalera, dominaba más
a la gente y la gente no se iba porque yo la estaba
mirando..., bueno eso creía yo en ese momento,
eran cosas que me preocupaban. Después me compré
un bombo porque dije: si toco el bombo arriba de la
escalera me van a escuchar de más lejos. Marketing
elemental, ¿no?
Debe
haber algo de desprotección en estar trabajando
en la calle, a veces en lugares desconocidos...
Sí,
es grande la desprotección, pero los artistas
callejeros nos manejamos dentro de eso. Vos tenés
que convocar, hacer que venga la gente, y si la gente
no viene y sigue de largo, es una tragedia. Que me
ha pasado, como a todo artista callejero, sobre todo
si no estás en un lugar seguro. En la plaza
donde trabajás todos los domingos, ya sabés.
Yo todavía trabajo en lugares desconocidos
y espero hacerlo toda la vida. Casi no lo necesito
ahora, lo hago para seguir manteniendo esto que me
da la calle, esta impronta. Esto de ser una especie
de comando. Cuando vas a trabajar a lugares como el
festival de Tarrega, de donde salís a las 8
de la mañana, mal dormido, de un camping, con
otros doscientos artistas en una ciudad que se ensucia
enseguida, y tenés que encontrar tu lugar,
y transar con otros artistas y convocar a la gente,
y no perder tu dignidad. Eso te da un entrenamiento
fabuloso. Un artista callejero lo primero que aprende
es que el fracaso puede ser un triunfo, que no te
puede lastimar. Yo he hecho funciones horribles que
a los diez minutos eran la mejor de mi vida. La calle
tiene esas cosas, es imponderable porque no la hacés
completamente vos: la termina de hacer el público.
Pero cuando te repetís, no le ponés
ese plus, es cuando la cosa se empieza a poner mediocre.
Pero
a veces las cosas pueden salir mal y no hay corte,
no hay música que aparezca y salve las papas...
Una
vez, en el truco que hago con las pelotas de ping-pong,
que las soplo una y otra con la boca, lo hago y se
me salen volando los dos dientes de adelante. Uno
para cada lado. En el medio de la función yo
buscando los dientes y la gente aplaudía y
se moría de risa, pensando que era un gag.
Y yo me los había puesto, eran dos pernos con
corona, que me habían salido 100 dólares
cada uno, desesperado estaba. Pero es un gag maravilloso,
si yo pudiera en cada función escupir y que
se me salgan los dos dientes.
Cuando
arrancaste en los 80, ¿cómo se
tomaba al artista callejero antes de que se instalara
como algo habitual ir a una plaza y ver a un malabarista
actuando?
Era
muy resistido mi humor en el ambiente digamos culturoso
del teatro de calle. Yo era un payaso berreta. Una
vez, en el 87 creo, hubo un festival de teatro
de calle en Buenos Aires. Fui, presenté mi
CV, pero no me eligieron. Y ya vivía de eso,
eso me habilitaba para estar en cualquier lado; yo
decía: junto 500 personas en una función,
te guste o no te guste era un referente. Bueno, me
puse re-mal, pero fui a ver todo el festival y me
parecía que lo que hacían no tenía
nada que ver con un espectáculo callejero,
venían obras de Rosario que duraban dos horas,
con un intervalo de media en el medio, no pasaban
la gorra, no tenían una convocatoria, que son
cosas elementales de un espectáculo de calle.
El último día se hizo una charla con
la prensa y agarré el micrófono y dije
que lo que había visto no me parecían
espectáculos callejeros, que no tenía
las cualidades que tenían que tener. Y saltó
uno y me dijo: Tampoco es cuestión de
ir a la calle a preguntar qué gusto tiene la
sal. En ese momento yo me re-ofendí,
ahora me moriría de risa, estaría buenísimo
si yo digo en una función qué gusto
tiene la sal y 500 personas me dicen salado, si lo
que tenés que hacer en la calle es eso.
Pero
de a poco a fines de los 80 el panorama fue
cambiando...
El
teatro callejero se abrió, claro, se empezó
a entender qué era el teatro callejero, es
decir, que teatro en la calle era una cosa y teatro
callejero era otra. Y después, cuando empecé
a viajar me di cuenta de que lo que yo hacía
ya lo hacían otros hacía cinco mil años,
el mismo estilo, la misma dramaturgia. El fenómeno
empezó en el 84, cuando se fueron los
milicos y todas las plazas se llenaron de artistas,
los primeros que salieron fueron los grupos de teatro
popular, El motepo, el teatro del Dorrego, Adhemar
Bianchi con Catalinas Sur. Y otro tipo de teatro como
el Clú del Claun, La banda de la risa, con
ellos fuimos compañeros de plaza, pero ellos
eran más actores, estaban buscando lo que después
fueron, unos grandes artistas de teatro. Después,
ya en los 90, empieza todo esto del malabar,
del circo, que de alguna manera yo y toda la gente
que trabajó conmigo con las Convenciones de
Malabares anuales, difundí un poquito. En el
90 la gente captaba lo que era un espectáculo
callejero.
Has
recorrido un largo camino, payaso
A
partir de 1996 Chacovachi organizó junto a
otros artistas de circo a la usanza europea
la Convención Argentina de Malabares, Circo
y Espectáculos Callejeros. Allí asistieron
miles de malabaristas, acróbatas, contorsionistas,
actores y allegados a aquel universo multiforme. Durante
los días que duraba el evento, una suerte de
Woodstock más freak que rockero, era posible
equiparse de instrumentos de malabar, chalupas (los
zapatos gigantes que usan los payasos), maquillajes
especiales, o ver toda clase de películas temáticas
como La strada, o espectáculos del mejor y
más novedoso circo, tanto local como extranjero;
además de poder tomar clases de cualquier disciplina
afín, como podría ser la parada
de manos. Estas convenciones se siguen haciendo,
anual o bianualmente, y Chacovachi sigue cumpliendo
allí un rol central. Pero al mismo tiempo,
o un poco antes que las convenciones empezaran a sucederse,
este payaso comenzó su itinerario por el mundo
con su espectáculo unipersonal. En cada puerto
una historia.
Vos
empezaste a viajar y fuiste a Colombia, Cuba, España.
¿Cómo era el público y cómo
reaccionaban con vos?
Cuando
fui a Colombia hice 18 universidades por todo el país:
Medellín, Cali, Bucaramanga, con una productora.
El presidente de Nescafé de Colombia pasó
por plaza Francia y me vio. El hacía Nescafé
Concert, llevaba jazz y rock a las universidades,
pero me vio y se le ocurrió llevarme. Pensó
que podía funcionar y fue así. A mí
me largaban, es decir, a un argentino y yo soy híper
argentino, irreverente, me largaban en una universidad,
a las 10 de la mañana, para 2000 colombianos,
la cosa funcionaba, la mitad me amaba, la otra me
odiaba, pero nunca más se iban a olvidar de
mí. Fue muy cerquita del cinco a cero que nos
hicieron acá y todo el tiempo hablaban de eso.
Trabajé también en alguna plaza, pero
rodeado de uniformados con metralletas, ¡que
me custodiaban a mí! Era muy extraño.
Pero fue una experiencia increíble, los artistas
crecemos cuando trabajamos para otro tipo de público,
cuando salimos de nuestro lugar seguro.
¿Y
en Brasil?
Cuando
salgo a Sudamérica soy un poquito menos picante,
me manejo por otro lado. Porque el argentino puede
soportar cierta ironía, pero en Brasil, o también
en Colombia, donde tienen un humor más ingenuo,
algunas cosas pueden molestar. Y la verdad es que
no quiero molestar a nadie, no me privo de decir nada
pero si no es necesario, si estoy en medio de la selva,
o laburando en una favela brasileña, no los
quiero molestar, prefiero divertirlos, entretenerlos,
que se queden pensando, pero hay cosas duras que no
se las quiero decir porque ellos las viven todos los
días, para qué se las voy a recordar.
En
España sí lo hacés.
Y
ahí mis chistes son políticos, sobre
esta relación que tenemos del Tercer Mundo
y el Primero, chistes muy sencillos como, si no me
dan mucha bola, yo les digo: Pero qué
pasa, yo les hablo, les hablo, ustedes me sonríen
pero no me hacen ni caso, ¿qué soy?
¿El rey Juan Carlos?. O les puedo decir:
Saquen la alegría, saquen el desparpajo,
saquen al indio sudamericano que tienen adentro,
dejo que bajen y digo: al indio sudamericano
que se comieron hace 500 años y devuélvanmelo.
Quedan todos tragando saliva. Mi espectáculo
en España es así: lo primero que digo
cuando todo el mundo aplaude al comienzo del show
es Españoles, españoles, Franco
ha muertoooo, que es lo que salió en
la radio, y todo el mundo grita aaahhh
pero la mitad se queda tragando saliva. Eso es emocionante
para mí. Una vez en Santiago de Compostela,
frente a la Catedral donde Franco iba a comulgar,
una señora me dijo llorando: Yo pensé
que me iba a morir sin escuchar esa frase. Después
vino otra y me dijo Tú no sabes lo que
has dicho, tío. Decir esto en esta plaza.
No
son chistes muy de payaso que digamos...
Lo
que hago yo es generar emociones en la gente, que
son un poco distintas al sentimiento típico
que esperamos del payaso que es que te haga reír
desde el lugar más ingenuo, más liviano;
yo soy un payaso un poco más maldito. Todos
tenemos un muerto en el placard. Cuando vos te reís
de algo duro es porque lo entendés, todos los
chistes que hago tienen una tragedia atrás.
Un chiste típico mío es cuando le digo
a un nene Mi amor, ¿vos sos feliz?.
Y él me dice, sí, entonces yo le digo:
Bueno, ya se te va a pasar. Y lo acaricio.
Hay una tragedia muy grande, pero cuando vos te reís
de las tragedias te estás preparando para soportarlas,
y no quiere decir que le faltes el respeto. El ser
humano usa la risa para sobreponerse a las tragedias.
Es lo único que podemos hacer. Cuando vos podés
hacer chistes podés empezar a superar, todavía
en la Argentina no hay chistes sobre desaparecidos,
no podemos hacer chistes sobre aviones, gente volando,
gente encapuchada, no podemos porque no nos hemos
sobrepuesto. Con el sida empieza a haber chistes porque
el sida es cada vez menos peligroso, no es tan fatal
y a partir de que existen esos chistes se descomprime
algo.
¿Y
un payaso es uno de los primeros en tener permiso
para hacerlos?
A
los payasos se nos permite decir cosas que los comunes
mortales no pueden decir. De la misma manera que les
podemos decir cosas a los chicos, sin ser malvados,
cosas que sus padres se las quisieran decir pero no
lo hacen porque viene Piaget y los mata. Tenemos esas
libertades y las tenemos que usar; la gente espera
eso, que seamos distintos a ellos.
¿Y
qué te da ser argentino, además de payaso?
Yo
cuando voy a trabajar a España llevo una túnica
que dice 4 pesos = 1 euro. Esa es mi ideología.
Es la realidad total y los chistes son con eso. Si
voy a Marruecos soy un infiel que igual tiene buena
onda. Creo que la actuación es un recurso más
para el payaso, como si sos malabarista es un recurso
más. Te sirve, sin duda. Pero no tenés
que actuar, el payaso no se actúa, tiene que
salir de adentro. Yo digo, medio en chiste, que los
clowns, cuando se saquen la costumbre de actuar, van
a poder ascender a payasos. Y vuelvo a lo anterior,
por ahí el clown no sea un arte menor, si lo
hacen desde un lado qué sé yo
copado.
Hay
payasos muy artificiales con sus maquillajes, sus
gestos...
No
creo en los payasos que manejan mucha fantasía,
creo más en el payaso que se le ve la piel.
Hay un dicho que dice que la fantasía te consuela
de lo que no podés ser y el humor te consuela
de lo que sos. Creo en eso. Para mí el payaso
es el más humano de los artistas. El artista
es la profesión más humana que existe,
en el sentido de que el arte no tiene una utilidad,
no es ser carpintero, y a la vez es algo que caracteriza
al ser humano, hacer arte. Yo digo que el payaso es
el más humano de los artistas, porque trabaja
con perder...
Con
fallar...
Con
todo lo que el artista esconde, con todos sus lugares
débiles. Y después el payaso callejero
es el más humano de los payasos, porque trabaja
en la calle, donde está la humanidad, de alguna
manera. Creo que no hay que perder ese norte. El mundo
va cambiando y va cambiando eso de lo que nos reímos:
Los Simpson, Padre de familia, South Park, mi Dios,
impensable que antes alguien se hubiera reído
de las cosas que ellos se ríen. Para poder
hacer humor tenés que meterte en ese tipo de
lugares, complicados. El humor blanco ya casi no hace
reír más. Por eso, creo que el desafío
de los payasos, de los payasos callejeros digo, es
no perder la humanidad. Ser cada vez más humanos,
como dinosaurios.
La
larga risa de todos estos años
Pero
Chacovachi vuelve a Buenos Aires a hacer su espectáculo
¡Cuidado! Un payaso malo puede arruinar tu vida,
después de años y años, otra
vez en la ciudad que vio su nariz enrojecer, y no
por efectos del alcohol. Lo hará en el Circo
de Aire, el espacio de María Bordesio, otra
trapecista mítica de los tiempos del boom malabar.
Y todo tiene un tinte de nostalgia, tener que verlo
en un teatro, fuera de su terreno propicio que es
la calle, la improvisación, la respuesta inmediata
filosa, la desprolijidad de un artista que no se define
por sus trucos sino por lo que los rodea. No importa
el monociclo, ni el diábolo, ni la pelotita
de ping-pong que permanece en el aire. O se cae. Nostalgia
porque la época de los grandes espectáculos
de calle en la calle, en Buenos Aires, parece haber
terminado.
¿Te
dan ganas de volver a actuar acá?
Me
encanta. El otro día hice una función,
no me acuerdo dónde pero acá, y dije
la palabra sorete y me entendieron y yo era feliz
porque hacía seis años que no podía
decirla en ningún lado porque nadie me entendía.
Estoy como pegando la vuelta, ¿viste? Un artista
callejero primero tiene que trabajar en la esquina
de su casa, su desafío mayor es hacer reír
a su gente, que son los más críticos,
porque te conocen. Después tenés que
irte a probar al centro de la ciudad, con otros artistas,
gente que no es igual a vos, después tenés
que ir a lugares que ni te imaginabas que existían
y al final tenés que volver a la esquina de
tu casa y ver qué pasa. Es lo que me pasó
en enero y en febrero en Villa Gesell, me volví
a encontrar con el público argentino. Fue espectacular
porque no tenía que traducir nada.
¿Nunca
te cansó vivir de manera itinerante?
La
gente se pregunta si trabajás en la calle donde
vivís, y la verdad es que si te manejás
en un circuito profesional podés vivir toda
la vida así. Mientras tengas la energía:
en la calle a veces hace frío, a veces calor,
a veces las circunstancias, los locos, los ladrones,
la policía, todo está en la calle. Pero
la calle te hace parte de ese folclore y te acepta.
¿Y
en qué te cambió tener un hijo?
Ringo
va a cumplir 4 años. Mi último sacudón
fuerte había sido la muerte de mi vieja en
el 2002. Y mi payaso se hizo oscurísimo, en
los primeros seis meses, un año, yo estaba
sin pareja, mi payaso era ése, esperanzado
pero oscuro. El nacimiento de mi hijo cambió
mi payaso de nuevo. Me pasa que descubrí a
los nenes ahora. Laburé toda mi vida con chicos
y me di cuenta de lo que es un chico desde el nacimiento
de mi hijo. Hay chistes que no hago más. Porque
ahora entiendo, los hacía desde la ignorancia,
ahora no puedo, me duele demasiado.
La
calle de Buenos Aires pareciera haber perdido la vitalidad
de los 90, cuando había grupos de mucha
calidad en las plazas.
A
mí me encantaría que empezara a haber
festivales de teatro de calle en Argentina, que nos
den ese lugar, sueño con eso, con un Aurillac
(el festival francés), con un Tarrega, creo
que podría ser una forma importante de educación.
Como cuando fui a Tarrega por primera vez, que es
este festival que se hace en España y que recibe
a 20.000 personas que van a ver teatro, que hay un
camping casi gratis, que todo sucede en la calle,
que la gran mayoría es a la gorra, yo he visto
punkis, pasados, con agujas por todos lados, llorando
con un número de títeres.
Esas
son las particularidades de los espectáculos
en la calle. Los puede ver cualquiera, no hay que
entrar a ningún lugar, ni pagar entrada.
En
la calle una persona va caminando, y tiene que apostar
a ver ese espectáculo, y se siente en peligro,
en peligro de juego de niños, pero acepta con
todos los demás, y comparte esas circunstancias
híper particulares. Y si hay 400 personas echando
una carcajada por algo que los hace muy felices, eso
es compartir, que todos pensemos igual en algo, si
no no reiríamos; lo que hace la risa es unir
a la gente. Y eso es ancestral. Los indios, en redondo,
el fuego en el medio, el médico brujo hablando,
los otros festejando, en la calle pasa exactamente
lo mismo. Y como somos todos muy viajeros cumplimos
lo que hacían los circos antes, que era transmitir
cultura. Antes llegaba un circo a tu pueblo, no había
TV, y veías a unos húngaros, unos brasileños,
unos japoneses, era una cosa cultural, eran distintos
a vos. Los artistas callejeros somos bichos raros
en todos lados. Yo una vez hice un cálculo
de lo que sucede. Yo en una época tenía
un contador y cuando comenzaba la función se
lo daba a una persona del público y le decía:
cada vez que te reís, marcame el contador.
Yo después le pedía 1 centavo por risa,
era una historia que tenía ahí, pero
la cuestión es: la gente se reía 100
veces, 100 carcajadas por 400 personas son 40.000
risas. Que rebotan en redondo de 15 metros de diámetro.
Eso es muy fuerte, tanto que hablan del reiki y eso,
estar en un círculo con tantas risas que rebotan,
eso le hace bien a cualquiera. Un artista callejero
que hace reír a la gente y la descomprime,
es un chamán.
ø
Fuente: PÁGINA 12 por Mercedes
Halfon
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